Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

La izquierda y el revolucionario

El hecho de que las etiquetas cambien y se pongan de moda, se debe a los vaivenes de la política y de la economía; pero también, y en gran medida, a la confusión acerca del significado de los conceptos “derecha” e “izquierda”. Esta confusión, que podría tener su mayor contribución histórica en la II Guerra Mundial, es acrecentada por los “cuarenta años de paz” y de ausencia de debate político abierto que se vivieron en el conjunto del estado español durante la dictadura del general Franco. Por esto y manteniendo los ojos y los oídos en la crisis que atraviesan las organizaciones obreras y de izquierdas, necesitamos aclararlos con urgencia.


Será pues, este texto, una tentativa más de definir, en términos de la realidad actual, lo que es y ha sido la izquierda. Dejar claro antes de lanzarme a escribir párrafos y párrafos que contengan ideas de numerosos autores y fuentes muy diversas que no pretendo enseñar a nadie, ¡Quién soy yo para pretender eso!, tan solo quiero, y deseo sinceramente, dar un empujón al lector, si es que encuentro alguno, a buscar y encontrar sus propias conclusiones. A abandonar los convencionalismos, los dogmas y la fe en una idea, un libro, o un hombre. “No te fíes de lo que digan, lee, estudia los hechos y piensa por ti mismo”. John Locke.


¿Qué es la izquierda?


En mi opinión ser de izquierdas es, entre otras muchas cosas que se irán exponiendo más adelante o que ni siquiera se nombraran en este texto, estar siempre dispuesto a marchar contra corriente y aceptar a priori, hasta el punto de buscar uno mismo, que las propias ideas estén constantemente expuestas a falseamiento, es decir, a duda, a debate y si es necesario a renovación u olvido. “No existen las verdades absolutas, tan sólo punto de vista diferentes”. F. Nietzsche.


Si no consideramos nuestro modo de acción, nuestro punto de vista, como si de una verdad platónica se tratara. Nunca y digo claramente nunca, podremos estar seguros de que los que piensan distinto, o completamente opuestos a nosotros, tengan hasta cierto punto más razón.


La izquierda debería, por lo tanto, poder ponerse en la situación de comprender o incluso defender postulados ajenos a su organización, si más allá del autor o autores de esos postulados las ideas que contienen son desde una perspectiva lógica correctas, ciertas en su contextos temporal y factibles o útiles como resolución de un problema en concreto. La colaboración debe de ser la única insignia que porte la izquierda, sólo superada si cabe, por la abstracta pero romántica Libertad.


Las izquierdas, como tienen objetivos finales (estrategia) al contrario que las derechas, bien sean éstas conservadoras o reaccionarias, necesitan informarse, ilustrarse si me lo permiten, para poder encontrar nuevos caminos por los que reconducir el progreso humano (tácticas). Tengamos en cuenta que la derecha cree firmemente que los cambios a fondo no pueden mejorar la realidad, mientras que la izquierda tiene la obligación ideológica de considerar que la realidad es siempre mejorable. “Con la estrategia se conduce una guerra, con las tácticas se ganan las batallas”. Sun Tzu.


Que la realidad haya sido y sea, siempre mejorable explica perfectamente que la izquierda haya cambiado a lo largo de los siglos paralelamente a los cambios de la sociedad, es decir, la sociedad a obligado o condicionado a la izquierda a replantearse su posición, no ha sido la izquierda la que ha reorientado la opinión pública de la sociedad. Los movimientos sociales y políticos son instrumentos de la sociedad y no al revés como muchos políticos profesionales quieren hacer ver.


Volviendo a las “tácticas” de la izquierda en la dura tarea de construir un mundo alternativo, debo dejar claro que la única política efectiva a nivel práctico debe por fuerza ser realista a nivel teórico. No rechazo utopías como parte de la “estrategia”, como objetivo deseable y último, pues son estas las que permiten que la izquierda sea izquierda.


Esto se puede explicar fácilmente: Cuando la “izquierda” es el modo de organización de una clase en ascenso político, económico o social, al llegar al poder y conseguir su causa no utópica, se vuelve por fuerza, por pura lógica, conformista, ya que ha logrado su meta y ahora debe defender y mantener lo conseguido. Por lo tanto, indudablemente la izquierda se convierte en derecha.


Pero si la izquierda persigue un ideal utópico, no corre el peligro de llegar a su meta, sino que se ve forzada a continuar evolucionando, a continuar trabajando por mejorar las cosas, en definitiva a seguir pensando y a por lo tanto a seguir dudando de sus propios pensamientos. A este concepto se le a denominado “revolución permanente”. “Los experimentos en política significan revoluciones”. Leon Trotsky.


Rechazar acciones imposibles es necesario, pues si las tácticas no son capaces de solucionar los problemas reales y específicos de una parte de la sociedad, sin lugar a duda, la izquierda no será capaz de solucionar radicalmente (de raíz) las numerosas contradicciones del sistema, tarea mucho más complicada. De un modo coloquial, si no sabes poner una tirita, no puedes operar un transplante de corazón. O lo que es lo mismo, los deseos de una minoría o de una mayoría, indistintamente, no pueden convertirse en realidad si estos no son posibles por si mismos. Con la vista en un camino infinito, la izquierda debe construir cada paso con todo su esfuerzo y dedicación. Ese es el planteamiento de un verdadero revolucionario. Pero….


¿Qué es un revolucionario?


Para poder comprender que es un revolucionario, debemos entender primero que es una revolución. Entre muchas definiciones me he quedado con esta:


Una revolución es, todo proceso por el medio del cual aumenta la participación en el poder y la riqueza de clases o colectivos que estaban antes al margen o que sólo participaban de un modo marginal. Que los medios sean violentos o pacíficos, electorales o de masas en la calle no afecta a la definición…” Víctor Alba, miembro del POUM.


El revolucionario condena la sociedad en la que vive y quiere sustituirla por otra, ya mediante la acción violenta o por la acción pacífica. El revolucionario lucha pues, para ponerse en condiciones de aplicar sus propias soluciones y para que se resuelvan los problemas colectivos e individuales independientemente de que parte o porcentaje de la sociedad los sufra.


Por lo tanto, el revolucionario debe tener como prioridad formarse, crearse a si mismo hasta ser capaz de solucionar las contradicciones de su sociedad. Pues, es en la resolución de problemas reales donde encuentra su razón existencial un revolucionario, Un revolucionario incapaz de colaborar y adaptar una parte de su pensamiento para corregir una contracción nueva, deja automáticamente de serlo y pasa a convertirse en un lastre, una oposición conservadora o incluso reaccionaria que frena la acción transformadora y reformista que pretende conducir a la sociedad hacia un estado ideal, utopía.


Toda realidad suscita dos actitudes, explicarla y juzgarla. Pero los revolucionarios deben transformarla. De una forma más correcta, o mejor expresada. “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”. Karl Marx.


Un revolucionario es, en definitiva y, de un modo sencillo un inconformista, un radical, es decir, un individuo que mantiene una posición crítica y realista del mundo pasado y presente, un individuo que trabaja por un futuro distinto y que no renuncia a un ideal cuanto menos romántico.


Un revolucionario es un soñador, un arquitecto de ideas y un programador de acciones. Un trabajador ilustrado y un idealista práctico.


Para un revolucionario no importan las banderas, los partidos y los intereses político-económicos de tipo personal, o incluso colectivos. A un revolucionario le importan las ideas, libres e innovadoras, que intentan o tengan como objetivo mejorar la sociedad. A un revolucionario le importa el trabajo y aquellos que están dispuestos a trabajar.


En conclusión, un revolucionario debe mantener como principio que las ideas unen diferentes senderos, fomentan la libre y sincera colaboración y hacen efectivo y práctico el trabajo, bien sea este social o político. En cambio las siglas destruyen el debate abierto, imposibilitan la colaboración no-partidista, y minan no solo las propias acciones sino que corrompen o particularizan los resultados en caso de lograr algunos.


Las ideas, bien argumentadas y explicadas de un modo sencillo, sin tapujos ni dobles sentidos, no sólo son más prácticas que las banderas, sino que suelen ser mejor aceptadas que estas. Es el deber de un revolucionario utilizar como arma las ideas, y olvidarse de las insignias y las banderas.



5 comentarios:

Hilario Ideas dijo...

Los progres hemos venido al mundo para dejarnos la piel en la tarea de redimir a nuestros semejantes de sus muchos pecados y decirles cómo y qué deben pensar, sin importarnos las penalidades que tengamos que sobrellevar en el proceso. Por tanto, haremos caso omiso a las invectivas de esos irreverentes neoliberales y continuaremos avanzando por la senda que hará de ustedes unos flamantes progresistas en cuestión de unas semanas, a poco que presten atención y abandonen la perniciosa manía de pensar por ustedes mismos (por otra parte, un gasto innecesario, habiendo gente como un servidor que ya lo hace por los demás).

Bien. La democracia fue un invento socialista, es decir, progre, cuyo objetivo inicial era alejar a las clases reaccionarias del poder político, que de esta forma quedaría depositado para siempre en manos de la izquierda, la única con títulos y capacidad para conducir a la Humanidad por la senda del progreso.

Es duro reconocerlo, pero los progres occidentales no hemos estado a la altura de lo que se esperaba en términos políticos, aunque en el terreno cultural y educativo, forzoso es decirlo, lo hemos de puta madre. Abandonada Europa a las fuerzas del capitalismo demoliberal, Cuba es hoy día, junto con alguna otra gloriosa excepción, como Corea del Norte, el único país que conserva intacta la esencia de la democracia tal y como es entendida por el progresismo.

El régimen de Fidel Castro Ruz es el paradigma de todo lo que los progres del mundo ansiamos para la Humanidad. Es nuestro paraíso en la Tierra, nuestra Jerusalén laica, el puto Edén. De hecho, si no fuera por el bloqueo criminal del Estado norteamericano, cada día arribarían a las costas cubanas miles y miles de cayucos transoceánicos repletos de intelectuales progresistas para gustar de por vida de las mieles de la auténtica libertad. Europa se quedaría sin directores de cine, sin cantautores, sin actores y actrices comprometidos, sin pedagogos, sin liberados sindicales. ¿No tiemblan de pánico con sólo imaginar la catástrofe que eso supondría para nuestra civilización?

Pero a pesar del imperialismo yanqui, que busca impedirlo como sea, muchos progres estaríamos dispuestos a desembarcar en Cuba para disfrutar de la auténtica democracia. Sin embargo, por un elemental sentido del deber elegimos –sin excepción– permanecer en las decadentes democracias occidentales, sufriendo los rigores del capitalismo para destruirlo desde dentro, aunque sólo sea consumiendo sus recursos a mayor velocidad que el resto de nuestros semejantes. Algunos de los progresistas más reputados no dudan en sumergirse en las simas más abyectas del sistema, rodeados de riquezas y lujos, pero no para disfrutar de sus comodidades como esclavos decadentes, sino para adquirir una mayor conciencia del enemigo al que nos enfrentamos y los múltiples señuelos con que busca confundir a los ciudadanos.

Conscientes de nuestra sagrada misión, visitamos periódicamente la Isla, comprobamos los progresos de la revolución, intercambiamos ideas y algún que otro fluido con los o las camaradas del club de debate El Malecón y enseguida volvemos al odiado Occidente neoliberal, a continuar nuestra batalla por la libertad.

Con todo, si queremos ser honestos es necesario hacer algunos reproches al régimen cubano, especialmente a su deriva política de los últimos años. Tal vez sea por una cuestión de edad, el caso es que Fidel se ablandó desde que permitió la importación del invento capitalista por antonomasia: la olla exprés, símbolo de la decadencia occidental en materia gastronómica. En otras palabras, permitió que la población cubana comenzara a contaminarse de los males que provoca el capitalismo opresor. Y es que empiezas por dejar a la gente cocinar como le salga de las narices y enseguida empieza a reclamar derechos civiles, partidos políticos y demás virus empleados por el neoliberalismo para inocular su letal enfermedad. Es difícil entender cómo estos recios camaradas han podido caer en un error tan infantil.

Ciertamente, no es fácil mantenerse firme en la senda revolucionaria cuando uno ha de hacer frente a las montañas de propaganda infame que los medios occidentales, todos a sueldo de los americanos, esparcen sin cesar. Una de las críticas más injustas que los camaradas del Partido cubano han de soportar es la de que usan determinados servicios ofrecidos por las transnacionales mientras niegan este acceso al resto de ciudadanos. En realidad, lo que hacen los dirigentes del Partido es comprobar por sí mismos la maldad del sistema capitalista, visitando sus lugares de ocio, tratándose en sus lujosas clínicas o transfiriendo dinero a través de intrincados canales, simplemente para estar seguros de que Cuba va por el camino correcto. Es un retroviral anticapitalista que los dirigentes se inoculan periódicamente para asegurarse de que la enfermedad no les infecta.

Por todo ello, los progres debemos defender sin fisuras la validez del modelo cubano, la más perfecta democracia jamás creada; en esencia, la única.

Dicen que vocación expansionista de la democracia liberal, crea océanos de injusticia de entre los cuales surgen necesariamente personajes acaudalados, como Bin Laden, que luchan por la liberación de los pueblos oprimidos y el respeto a su idiosincrasia, haciendo saltar por los aires a la gente de forma indiscriminada.

El ejemplo más palmario lo tenemos en la región del sudeste asiático, tal vez la zona en que la penetración del capitalismo de occidente ha sido más intensa. En países como Singapur o Corea del Sur, los ciudadanos y ciudadanas han visto elevarse su nivel de vida al mismo ritmo que crecían las desigualdades sociales. Ahora hay ricos, clases medias y obreros cualificados, mientras que antes de que las factorías de las multinacionales aterrizaran por aquellos lugares, todos eran saludablemente igual de pobres. ¿Es justificable ese abandono de los sanos principios de una sociedad igualitaria, sólo por poder gozar de vivienda, luz eléctrica, agua potable, escuelas, hospitales, universidades, coches, ordenadores, rascacielos a la vuelta de la esquina? ¿Por qué insistimos en convertir a esos pintorescos países en colectivos decadentes como nuestras sociedades occidentales? ¿Quiénes somos para exportar al inocente tercer mundo las terribles lacras de nuestro sistema?
Después de la primera película de Almodóvar y, sobre todo, de la emocionante escena de Alaska meando en el vaso de Carmen Maura, el cine no volvió a ser lo que era. A efectos de nuestro estudio, la micción de Alaska es el punto de no retorno hacia a los valores característicos del cine clásico.
El cine español no tiene apenas espectadores, pero esta circunstancia, que los fachas aducen como demostración de un supuesto fracaso, es, por el contrario, la prueba evidente de su extraordinaria calidad. El cine español no está hecho para el disfrute de la masa, ni siquiera para ser saboreado por los escasísimos paladares capaces de deglutir el producto y extraerle toda su esencia, sino para su utilización como excelente herramienta dentro de la estrategia global de lucha contracultural. Hay que cambiar la superestructura (me gusta utilizar esta palabra para que la gente suponga que alguna vez he leído a Marx. Les recomiendo a ustedes que hagan lo mismo aunque, como yo, no atisben a ver nada más en ese concepto que una estructura muy grande. Cierro el puto paréntesis), pero no de cualquier manera, sino con los medios económicos fagocitados previamente a las clases medias cuyos valores se pretende subvertir. No olviden que, en tanto que progres, tenemos unos gustos refinados en materia de expropiar recursos a los pardillos que los generan levantándose temprano, viajan en metro apiñados y se ponen a currar todos los días.
En la anacrónica cosmovisión de la clase media, quiero decir, del facherío, los productos culturales –aún los más elevados, como el cine contemporáneo– debieran ser financiados exclusivamente por aquellos que consideran su contemplación un elemento enriquecedor de sus vidas.
Las cifras de espectadores del cine español son cada vez más paupérrimas, lo que resulta una noticia excelente pues demuestra que vamos por el camino adecuado.


Hilarioideas@hotmail.com

Hilario Ideas dijo...

Creo en el capitalismo; no en la "economía social de mercado" ni al capitalismo de estado, sino en ell capitalismo puro y duro, privado y popular. ¡S,i ese en el que un camarero puede comprar unas acciones de telefónica aprovechando una tendencia al alza para ganarse unas “pelas”!. Porque lo más importante para mí es la libertad, la libertad individual, tan pisoteada, la libertad de emprender y comerciar, la libertad de expresión, la libertad de partidos y sindicatos, las elecciones libres, la libertad e igualdad para las mujeres (lo que no existe en sociedades musulmanas que representan más de mil millones... de súbditos, pues no pueden calificarse de ciudadanos), etc..
Soy consciente de que las fronteras que existen entre derecha e izquierda, dictadores buenos y dictadores malos, son totalmente absurdas. Hitler fue un político de izquierdas, su partido se llamó primero " partido de los trabajadores alemanes" y luego nacionalsocialista. Y toda la extrema izquierda actual y buena parte de la socialburocracia es nacionalsocialista.
Un escritor venezolano intentó demostrar en El País que Hugo Chávez no es de izquierdas sino fascista. ¡Pero si es lo mismo! En América Latina todos los dictadores de izquierda son fascistas o, si se prefiere, nacionalsocialistas. El primero en rehabilitar a Juan Perón desde la izquierda fue Fidel Castro y lo justificó porque el dictador argentino era nacionalista, y desde entonces toda la clase política argentina es peronista; lo fue durante la guerra civil en la que peronistas de izquierda, "montoneros", mataban a peronistas de derechas en nombre de Perón. La idea según la cual para ser de izquierdas en América Latina el criterio esencial es ser antiyanqui es otra idea idiota, porque muchas derechas latinoamericanas también lo son.
Existe un delirio progre genérico, en su búsqueda del buen tirano que trate bien a sus ratas (como en el Corán, los mahometanos deben tratar bien a sus mulas y a sus mujeres), y para colmo el culpable de todo lo que pasa en sudamérica es Álvaro Uribe, que dicho sea de paso es uno de los pocos presidentes democráticos, como si fuera él quien hubiera secuestrado a los rehenes. En cambio, el ángel de la misericordia, únicamente preocupado de cuestiones humanitarias, es Hugo Chávez. ¿Y las FARC? Las FARC son narcotraficantes marxistas, por lo tanto fuerzas de progreso cuya única meta es la dictadura, pero cuidado, una dictadura buena: nacionalsocialista. En esos aquelarres seguimos.
hilarioideas@hotmail.com

Hilario Ideas dijo...

El socialismo nos enseña que es la ideología de la magnanimidad, la compasión y justicia social. Es el Bien; y el Estado el Dios a adorar. ¿Quién es capaz de estar en contra de que los jubilados perciban sus pensiones, que los jóvenes tengan un mejor nivel de vida o de que puedan estudiar? Es la clásica pregunta retórica que durante años han formulado los socialistas a sus adversarios para deslegitimarlos moralmente. ¿Quién podría ser tan vil como para estar en contra de los desfavorecidos? Efectivamente, sólo alguien que no comulgue con el socialismo.
Pero ah, qué perversas se vuelven las ideologías cuando nos da por supuesto que los fines justifican los medios. El teleologismo (moral de los fines) es la piedra angular del socialismo. Se justifica por ella misma independientemente de cómo llegue a esos fines. ¿A nadie se le ocurre preguntar qué medios usará el jerarca para establecer el paraíso terrenal? El Gobierno no es una ONG que se financie con contribuciones voluntarias, es el monopolio de la fuerza, el Gobierno ordena y el resto obedecemos. La moral del socialista y Gobierno se apoyan en la solidaridad a punta de pistola. En su razonamiento, como la gente es mala y egoísta, la oligarquía política ha de impartir justicia de todo tipo: social, moral, cívica y económica.
Como los medios no son más que un formalismo sin importancia, el burócrata se ve obligado a robar a la gente honrada financiándose con impuestos. Recuerde que los impuestos se pagan por la amenaza real del Gobierno, de lo contrario nadie los pagaría. Algo que jamás ocurre en el libre mercado, si usted compra o vende algo, es porque quiere. Si usted trabaja en una empresa, es porque quiere, nadie le obliga a que se dedique a otra cosa. En el terreno social, el socialista también apuesta por el uso de la fuerza contra el hombre libre. La moral del socialista dicta que si algún niño es enseñado por sus padres, esquivando así la ideología que impone el Gobierno en los colegios, esta familia ha de ser denunciada, investigada y desposeída de sus niños si es necesario por no obrar conforme al “bien común”. Otro de los principales dogmas de la religión socialista.
Pero es que ni con el uso constante de la fuerza y “brutalidad”, el socialista consigue sus fines.
Salario mínimo significa que menos jóvenes serán contratados. Ahora también el Gobierno quiere convertir a los jóvenes en rentistas clientelares para que adquieran una vivienda. No son rentistas a la vieja usanza, es decir, aquellos que obtienen beneficios de sus inversiones exponiendo su dinero al riesgo, habla de rentas obtenidas mediante el robo que el Gobierno practica sobre todos los individuos de la sociedad. Quién iba a decir que el socialismo apoyase el “rentismo”.
Ningún Gobierno va a garantizar las pensiones de nadie. El fondo que acumulan no da ni para ocho meses y tendría que cubrir la vida de cada uno de los trabajadores que por la fuerza ven marchar a las arcas del Estado el dinero que todos los meses se les descuenta de sus nóminas.
No hay nada más absurdo que un político nos dé lecciones de moralidad. La principal amenaza para el ciudadano es el Gobierno y toda su corte de burócratas y vividores que incapaces de defender sus intereses personales con hechos, siempre han de recurrir a falsos tópicos socialistas y “humanitarios”.
El insoslayable reto que toda persona confronta en la vida es procurar alimentos, ropa y vivienda. Seguidamente, procurar fondos para educar a sus hijos, para diversiones y, por último, los lujos que le gusten. También convendrá ahorrar para gastos imprevistos. Me refiero a adultos responsables que buscan satisfacer sus propios requerimientos y no a aquellos que por alguna razón dependen de otros o del gobierno.
El problema surge de las limitaciones naturales que todos confrontamos: todo es escaso, comenzando con el tiempo, la capacidad de trabajo, los materiales disponibles y los conocimientos. Además, el deseo de vivir en paz y de merecer el respeto de los demás impone limitaciones adicionales a nuestra libertad, pues exige el respeto a los derechos y la libertad de los demás. Y para la satisfacción de nuestros deseos recurrimos a intercambios voluntarios y pacíficos con otras personas, es decir, al mercado, donde todos estamos obligados a respetar a los demás, sus posesiones (propiedad privada) y sus compromisos (contratos).
A esas limitaciones agreguemos que nuestro consumo dependerá de lo que otros, libremente, están dispuestos a pagarnos por los bienes o servicios que les ofrecemos para satisfacer sus propias necesidades. Digo libremente porque, de lo contrario, sería coercitivo, impuesto por la fuerza y, entonces, se trataría más bien de un robo.
El reto de todo orden económico es la asignación de recursos para satisfacer las prioridades de producción y el consiguiente consumo, dentro de las limitaciones mencionadas. Y allí mismo surge el problema de los socialistas, porque seleccionar las combinaciones de recursos requiere poder comparar el coste de cada alternativa disponible y tales comparaciones sólo se logran comparando precios relativos. El beneficio económico de la actividad humana es, precisamente, la diferencia entre el valor que se le atribuye a los recursos empleados y el valor atribuido al resultado; y, sin precios, ese cálculo es imposible.
El fracaso socialista se debe a que ignoran que confrontan ese problema. Confían ciegamente que la asignación de recursos queda solucionada cuando los medios de producción y los mismos recursos son propiedad del Estado, pero entonces no hay precios libres que reflejan la realidad. Sus llamados “precios” son inventados y asignados a dedo, como en un juego. Los neosocialistas también ignoran que los países comunistas de la Unión Soviética, al no tener precios propios, usaban los precios de países capitalistas para planificar su propia economía, pero resultó que como tales precios no reflejaban su realidad y no eran aplicables a sus condiciones, cundió la pobreza y el régimen fracasó.
Es cierto que en ningún país existe un capitalismo puro, pero también es cierto que aquellos que más se acercan al libre mercado prosperan mucho más que los que se rigen por las directrices de burócratas y políticos socialistoides.
Como lo explican los textos de economía, en el mercado los precios no son inventados ni se basan en suposiciones de técnicos, sino que resultan de millones de intercambios de lo que cada persona es legítimamente dueña. Inclusive, los precios de las máquinas y de las fábricas son derivados del beneficio que sus productos brindan a la sociedad y no del costo de su instalación y operación, ya que si no fuese así no importaría cuánto se gasta en instalar fábricas y en producir bienes.
Los socialistas dicen que la burguesía difunde sus valores que casi siempre responden a sus intereses y que trata de introducir esos valores en las cabezas de los explotados que quieren convertir en autómatas de su visión sesgada, parcial, deshumanizada y descaradamente de clase. De esta forma es imposible hacer la revolución, dicen, pero ellos, como se demostró en la URSS, no saben crear riqueza para todos salvo expropiar e inculcar su pensamiento totalitario, no existen incentivos para mejorar, no se protege la excelencia, el trabajo bien hecho, puesto que todos son iguales y al final todos recibirán lo mismo, ¿ entonces porqué esforzarse?. Al principio existe una ilusión revolucionaria pero luego viene la realidad unos viven mejor y a costa de otros que se esfuerzan y trabajan. Es un sistema que ha fracasado en el mundo: Camboya, URSS, Cuba, Vietnam, Corea del Norte, pero siempre, dicen, que la culpa de su fracaso es del imperialismo,
No existe una figura más vituperada en la historia que la del burgués, ni un sistema económico menos valorado que el capitalismo. Sin embargo, los burgueses encabezaron las revoluciones liberales que acabaron con el feudalismo y sus privilegios. Y con la ayuda del capitalismo lograron sacar de la miseria a millones de personas, al tiempo que abolían la esclavitud y favorecían la emancipación de la mujer.
En efecto, una de las ideas-fuerza de la propaganda de la "izquierda" diseñada por el Komintern (Comité de la Internacional Comunista, controlado por el Moscú de Stalin) para su uso en los países occidentales era el de la "superioridad moral de la izquierda".

En primer lugar debe decirse que el concepto de "izquierda", procedente de la Revolución Francesa por la posición de los girondinos, primero, y de los jacobinos, después, en la Asamblea Nacional, no era aceptado por los bolcheviques de Lenin, Stalin y otros dentro de la URSS; ellos eran el Partido, el Gobierno, el Estado, es decir, TODO, por lo que no había lugar para esos términos de "izquierda" y "derecha" dentro del Estado soviético. Esos términos eran para su utilización en la propaganda, cara a la opinión de los países occidentales.

En cuanto a la MORAL, Marx la considera una típica superestructura creada por la burguesía, clase dominante, para consolidar su poder. Lenin y los escritores comunistas consideraban la moral como un característico prejuicio "pequeño-burgués" (clase media), totalmente despreciable y que hacía débil a esa clase al suponerle un freno para la realización de determinadas actividades necesarias para su defensa (por ejemplo, mentir, robar o matar). Por el contrario, un verdadero revolucionario, al carecer de moral, es decir, de unos principios sobre el bien y el mal independientes de la coyuntura o la conveniencia táctica del Partido, gozaba de una gran ventaja táctica en la lucha política y social.

El Komintern vio claro que en la lucha política en Occidente, con ciudadanos educados en los valores "burgueses" -entre ellos la moral- , reclamarse defensor de esos valores (o de otros valores burgueses como los de LIBERTAD y DEMOCRACIA) tenía un gran efecto propagandístico en las opiniones públicas de los países occidentales.

Es decir, que doctrinas que desprecian los valores y los principios (como ha dicho el iluminado de la Moncloa: "en política carecemos de principios y de valores") como algo que está puramente sujeto a cada circunstancia, sin embargo repiten "ad nausean", por razones de PROPAGANDA POLÍTICA, palabras como MORAL, LIBERTAD y DEMOCRACIA para intentar obtener el apoyo de opiniones públicas educadas en dichos valores.

Lo cierto es que han conseguido que grandes masas de población se crean que estos políticos NIHILISTAS Y OPORTUNISTAS, cuyo único objetivo es hacerse con el poder como sea para disfrutar de las prebendad materiales del mismo, son los grandes defensores de la moral, la libertad y la democracia. Este es el mayor engaño masivo que se ha producido en los últimos 150 años.
Para la "izquierda" no hay moral, sólo propaganda para la conquista del poder.
Es triste reconocerlo, pero las cosmovisiones utópicas y optimistas siempre han terminado en terribles matanzas. Es el caso innegable del socialismo y de los nacionalismos. Lo es también de la masonería. Convencidos de que las masas –entendidas como tales las que siguen las consignas de izquierdas– o las naciones –reales o supuestas– tienen algo incomparablemente bueno en su interior, estas visiones ideológicas han terminado produciendo experimentos extraordinariamente cruentos, como los impulsados por Lenin, Stalin, Pol Pot, Mao o Hitler.

Al fin y a la postre, ni las masas ni las naciones se comportaban según ese patrón de lo bueno y acababan siendo objeto de castigos ejemplares por negarse a actuar de acuerdo con su supuesta esencia. El Gulag, Auschwitz, la guillotina durante el Terror de la Revolución Francesa, los campos de concentración de Castro, las acciones de Pol Pot o la revolución cultural de Mao son sólo episodios que demuestran cómo el optimismo antropológico y la utopía han causado más muertes y sufrimiento que cualquier otra cosmovisión.

El poder político debía estar dividido, asentarse en sólidos principios morales y contar con una justicia independiente. Un poder así podía incurrir (de hecho, incurre) en abusos, pero el hecho de que no sea absoluto y total permite la configuración de mecanismos de control y castigo. La independencia de los jueces faculta además a la sociedad para someter al imperio de la ley a los transgresores, aunque sean hombres poderosos o políticos influyentes.

Finalmente, la existencia de fuertes cimientos morales evita que la sociedad acabe aceptando como bueno y ético lo que sólo es fruto de una mayoría electoral o de un pacto político y puede llevarla a su propia disolución. Como se suele recordar frecuentemente, y es lógico que así sea, Hitler llegó al poder a través de las urnas.

Seguramente todo esto explica que Estados Unidos sea una de las pocas naciones en las que nunca ha habido una dictadura comunista o fascista. En cualquier caso, muestra que para enfrentarnos con nuestros problemas la solución no es nunca negarlos, sino afrontarlos de manera resuelta y sincera, y procurar darles una solución efectiva y realista.

Un Estado que apelando a supuestas utopías y futuros ideales pretende controlar toda la vida, desde el ocio a la enseñanza, desde el trabajo a la cultura, desde la educación a la lengua, desde los medios a la economía, en un Estado despótico que acabará tiranizando a sus administrados y que, tarde o temprano, intentará perpetuarse mediante el derramamiento de sangre. La mejor respuesta frente a él es una sociedad formada por ciudadanos que asuman valores de libertad, de autonomía individual, de defensa de esferas de libertad en áreas como la educación, la familia y la conciencia.

hilarioideas@hotmail.com

Dani dijo...

Sinceramente, no se si me hablas de anarquismo o de comunismo, lo cierto es que un verdadero revolucionario es en definitiva un inconformista con conciencia colectiva, es decir, un hombre al que antepone las condiciones de lo demás por delante de las propias, y busca siempre mejorar lo establecido.

Marco dijo...

Idealista, sin duda, pero simpre desde un punto de vista muy real, comprometido y sincero. No está nada mal expresado aunque te podías haber centrado en algunos conceptos en vez de dispersarte intentando abarcar tantas ideas.