Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Obligado a madurar

Las lágrimas se mezclan con la lluvia en una noche sin estrellas. Todo se desmorona a mi alrededor. Aquellos pilares, antes firmes, estables y fuertes; aquellos pilares, que dabas por sentado que siempre estarían ahí; aquellos pilares se hacen añicos. Uno por uno. Sin pausa, uno por uno…

Desesperado, intento poner orden a mis pensamientos. No sé qué hacer. No sé qué hacer. Alrededor todo se hunde. Se hunde. Todo se hunde en el más profundo negro. Un negro, sí. Un negro tan oscuro que ni el recuerdo puede escapar de sus garras.

Nadie hace nada. Nadie hace nada mientras todo desaparece. Se va como la niebla al salir el sol por las mañanas. No sé por dónde empezar. Ni siquiera sé si soy capaz de hacer algo. Los pensamientos se amontonan caóticamente en mi interior: contradicciones, contradicciones, indecisión. Un grito desesperado se ahoga en mi garganta. ¿Cómo es posible que todo se hunda? ¿Cómo es posible que esto esté pasando?

Orden. Ahora hay orden. Ahora estoy seguro: debo hacer algo. Pero, no sé el qué. Intento soportar el mundo sobre mis hombros. Pesa mucho. Mi mundo pesa demasiado. Mis veinte no llegan, mis veinte no bastan. No estoy preparado. Soy incapaz. Contradicciones, contracciones, impotencia. Desesperación. Me hundo, todo se hunde, desaparece en la oscuridad. Se borra. Se va. Se va.

En un solo momento, en un solo instante, separado de la infinidad del tiempo, todo se hunde y yo (sí, yo) me siento solo. Estoy solo. Tan solo que ni siquiera estoy seguro de estar del todo. No me había sentido así nunca. Nunca.

Todo es negro. Está oscuro. Tengo miedo. Pero estoy tranquilo. Tengo miedo pero estoy tranquilo. Giro trescientos sesenta grado y no veo nada. Estoy solo, solo.

Me toco la cara. Está mojada, sí. Creo que antes estaba lloviendo. Llovía mucho. No estoy seguro. Antes queda muy lejos, no es importante.

Noto el sabor salado de mis lágrimas en la punta de los labios. No importa, no es importante.

Recorro mi cuerpo con las manos. Necesito saber si por lo menos yo estoy aquí; aunque todo se haya hundido. Hundido. Todo se ha hundido. El tacto de la chaqueta sigue en su sitio, pero me siento desnudo. Desprotegido, solo.

Hace frío. El vaho sale de mi boca como si estuviera fumando. Siento frío. Tengo miedo pero estoy tranquilo. Estoy tranquilo. Estoy solo. Solo. Tengo frío, sí. Hace frío. Mucho frío. Era de noche. Una noche sin estrellas, una noche fría de invierno. Pero eso no importa, no es importante.

Mis pies. Mis pies están empapados. Sobresalen de la oscuridad pero están helados. Un líquido oscuro se cuela dentro de las botas invadiéndolo todo. Me hundo. Me hundo. Creo que me hundo. ¡No! Me niego a hundirme. ¡Yo no me hundo!

La sensación de soledad aumenta. Estoy rodeado de negro y la soledad atraviesa mi piel hasta calarme en los huesos, hasta fundirse con mi alma. Ahora la siento dentro, recorriendo mis venas, rozando mi piel, mirándome desde el interior. Desde el interior...

Todo se ha derrumbado. Se ha hundido. Como si de un castillo de papel se tratara. El viento y la lluvia han acabado destrozándolo sin que pudiera hacer nada. La impotencia me invade pero yo sigo ahí, rodeado de oscuridad. De oscuridad. De oscuridad...

Las lágrimas se mezclan con la lluvia sobre mi rostro. Mi cuerpo se funde con el viento que enreda mi pelo. El frío proveniente del cercano río me envuelve en una espesa niebla. Pero no me muevo. Sigo parado al pie de aquel viejo árbol contemplando un cielo negro, un cielo sin estrellas que poder seguir. Un cielo sin estrellas... Un cielo sin estrellas que poder seguir...

Busco pero no encuentro ninguna señal. Ninguna ayuda. Tan sólo veo ese negro a mi alrededor. Miro al suelo: un cubo y un pincel. Un cubo con pintura y un pincel.

Debo trazarme un camino gris, un camino mío. Un camino con sus curvas, sus cuestas y sus cruces. Un camino mío. Un camino. No sé adónde llegaré solo, pero tengo claro que no me voy a hundir. No me pienso hundir. No me pienso hundir.

Todo lo que daba por sentado ha desaparecido. Nadie me pintará el camino. Nadie me dirá la dirección. Nadie me levantará cuando tropiece con alguna piedra. Nadie me contará historias cuando pare a descansar. Nadie. Nadie. Es mi camino y sólo yo lo puedo seguir. Sólo yo lo puedo decidir. Decidir...

6 comentarios:

Tuñón dijo...

Muy bueno:

"no quiero seguir, no quiero tener derecho a existir. A ver como todo muere y yo pierdo mi juventud, gano responsabilidades crezco, envejezco y muero"

* AlOnDrA * dijo...

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Pues sin escucharte yo ya se lo que sientes…

Tu escrito me identifica niño!. Siento que todo a mi alrededor se derrumba de a poco, que una profunda inseguridad baña mi base y la vuelve débil. No se que esta pasando, no entiendo porque me siento así; mmm es extraño, pero constantemente río de todo y en estos momentos ni de eso tengo ganas…

Saludos…

Y besos…

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Almudena dijo...

Querido compañero:

Al final del túnel hay una luz ¡sigue caminando!
A veces creerás que la luz se apaga y que todo se vuelve negro otra vez, pero tú continúa porque lo único que pasa es que hay curvas y obstáculos que tapan el haz de luz, pero al final del túnel te espera un día soleado y luego, quizás, otro lluvioso y tal vez otro túnel más adelante pero del que volverás a salir.

Yo también ando a oscuras y estoy cansada, muy cansada, muy cansada... pero no me rindo. No te rindas, compañero y sobre todo sigue escribiendo.


Un saludo, Almudena.

L. Celeiro dijo...

Correxin algo o relato por recomendación e crítica (constructiva) de Além. Agora queda mellor puntuado.

Anónimo dijo...

Por desgraza todos maduramos aínda que non teñamos moitas gañas de facelo.

Luar de inverno dijo...

Es duro crecer, es duro madurar, pero ¿acaso tenemos otra alternativa?