Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Una mañana de octubre

Era una mañana de octubre. Una fría y lluviosa mañana de octubre.

Como cada día, a eso de las ocho esperaba a que pasara el bus para ir a clase. Hacía viento, un viento helado que atravesaba mi cazadora de cuero como si de papel se tratara. Mi pelo, mojado se enredaba con cada ráfaga tapándome la cara.

Llevaba como diez minutos pegado a la pared del edificio más cercano a la parada, diez minutos mirando la lluvia, mirando los charcos en la carretera, mirando a la gente correr agachada de un lado a otro. Es curioso, cuando llueve la gente baja la cabeza, se encoje ocultando el cuello en los hombros como si eso impidiera que se mojaran. A veces, las acciones humanas rozan el absurdo, o por lo menos a mí, en este momento de reflexión me lo parece.
Ahí viene, ya está llegando. Ese bus amarillo que al que me subo cada mañana para ir a clase. Se para justo a mi altura. Me separo del edificio y hago cola con otras personas, desconocidas, extrañas y a la vez familiares que esperan todas las mañanas conmigo. No se sus nombres, ni donde viven, ni que piensan una mañana de lluvia como esta, pero si alguno falta a su cita con el bus, ten por cierto que me daré cuenta.
Llueve, cada vez llueve con más fuerza. El sol aún no ha salido y como de costumbre las farolas se han apagado antes de tiempo dejando la ciudad a oscuras, alumbrada fugazmente por las luces de los coches, y las ventanas madrugadoras de algunos edificios.
Pago el bus y, saludo al conductor amablemente, como cada mañana. Se llama Ramón y tiene dos niñas pequeñas, antes trabajaba en Vigo, en los astilleros, pero eso es otra historia... un buen hombre. Busco donde sentarme, pero el autobús está abarrotado. Resignado tras la infructífera búsqueda, me aferro a una barra de acero en la parte de intermedia. Estoy rodeado de gente, ancianos que se dirigen madrugadores al mercado, chiquillos que van al colegio, trabajadores somnolientos que luchan por despertarse antes de llegar a la altura de su jefe, y es entonces cuando me fijo, cuando la veo.

Es una chiquilla alegre, de pelo castaño, largo, media melena justo por los hombros. Sus ojos son verdes, claros, como el reflejo de los árboles en un riachuelo. Su piel clara, casi blanca, como si el invierno fuera eterno en su casa, y el sol, mortecino nunca llegara a calentarla. Creo que es la primera vez que la veo, aunque no estoy seguro. Está justo en frente, detrás de un par de obreros vestidos con esos monos azules que aunque acaben de salir de la lavadora siguen pareciendo sucios; me está mirando. Parece tan inocente, tan feliz. Nah! como me va ha estar mirando a mi. Me doy la vuelta, no hay nadie más, sólo el empañado cristal del autobús. Está claro que no mira el paisaje, apenas se distinguen las formas de los coches aparcados a través del bao.

Vuelvo a mirarla. Sus ojos se clavan en mis pupilas. No baja la mirada, atenta, observando cada movimiento. Pierdo la mirada en el fondo del autobús, sí, observo a una monjita de unos ochenta años, envejecida por la edad, por el paso del tiempo que cada mañana sale del convento para hacer la compra en la plaza. Se la ve tan débil, tan acabada, espero no encontrarme nunca así. Espero no envejecer nunca.

Vuelvo a mirarla. Esta vez ella no me mira, ¡espera!, si me mira, está sonriendo. Me saco las gafas, agarro mi camiseta y seco las gotas de lluvia que escurriéndose por mi pelo han llegado hasta los cristales. Sigue mirándome, me sonríe. Ya no me parece tan niña. Es preciosa, sus ojos, me gustan sus ojos mientras se clavan en mi. Su cuerpo delgado su pelo mojado pegado a la cara. Es inocente y a la vez, interesante, misteriosa, fuerte… desvío la miraza hacia una pareja habitual en el autobús, son dos señoras de mediana edad que trabajan en la administración, llevan un par de periódicos cada una, y como siempre discuten sobre cual de las dos trabaja más y por lo mal que están las cosas.

Vuelvo a mirarla. Le sonrío, me sonríe, nos quedamos solos en el autobús, todo a nuestro alrededor desaparece, se oscurece. Pero ella sigue ahí, mirándome, comiéndome con eso pequeños y tiernos ojos verdes. El tiempo parece detenerse por un momento mientras nuestras miradas se entrecruzan, abrazándose silenciosamente. El autobús se detiene, no se cuantas paradas han pasado ya, miro el cartel luminoso que indica la hora, el tiempo y de vez en cuando la siguiente parada. Espero paciente obtener respuesta. Justo debajo del cartel hay un grupo de niños, tendrán unos doce años, como máximo; con sus mochilas, y sus carpetas de colores, hablan en voz muy alta, ríen. Siento que he crecido, que ya no soy el mismo, que ya no soy aquel niño juguetón y revoltoso. Me hago mayor demasiado rápido. Envidio a esos pequeñazos y a la vez los compadezco por el futuro que seguramente les espera, un futuro, peor que el mío si es que eso es posible.

Vuelvo a mirarla. Está más cerca. Los obreros, ese muro infranqueable de azul que nos separaba se han bajado. Entre los dos ahora no hay nada, sólo un vacío gris, un espacio triste, yermo, sin vida. Se acerca. Despacio. Temerosa pero decidida. Se coloca justo a mi lado. Noto su respiración agitada en mi espalda. Huele a flores de azahar y a tabaco. Siento el aire que sale de sus pulmones en mi espalda, me roza con la mano, tímida y a la vez temeraria. Su mano roza mi brazo, deslizándose lentamente hacia abajo.

Me giro. Despacio. Vuelvo a mirarla. Me sonríe mientras baja sus ojos hasta el suelo. Un tono rojizo como el amanecer inunda su cara. Le sonrío, la miro, la rozo… Es preciosa, su cuerpo se pierde en mis ojos, tan delgada, tan frágil, tan sola, tan frágil... Levanta la mirada. Despacio. Como si me estuviera midiendo. Como si pretendiera conocer cada centímetro de mi cuerpo. Despacio. Levanta la mirada hasta que se cruza con la mía y, entonces sonríe.

Ahí estamos, nuevamente solos en un autobús gris. De pie. Uno en frente del otro. De pie. A escasos centímetros. Mirándonos a los ojos sin parpadear. Sintiendo como se aceleran nuestras pulsaciones con cada respiración, con cada segundo en tensión. Sintiendo como se besan nuestras miradas en el aire. Es cierto lo que dijo un poeta iberoamericano del que ahora mismo no recuerdo el nombre. El primer beso no lo dan los labios, el primer beso, ese beso dulce, ideal, etéreo. Ese beso perfecto, tierno y a la vez apasionado, ese beso tantas veces deseado es cosa de los ojos y no de los labios.

Entonces, me dice. ── Es tu parada ──

Despierto. Me quedo de piedra. Sorprendido. Vuelvo a la realidad, vuelvo a la realidad aunque no quiero. Ahora, estoy en un autobús amarillo lleno de gente, las puertas están abiertas y fuera llueve con fuerza, el sol se vislumbra entre los edificios y su luz se cuela inundándolo todo con un color plomizo.

── Gracias ── mi voz tenue y baja es acompañada de un tímida sonrisa.

Me bajo del autobús sin mirar atrás. Escondo mi cabeza entre los hombros, llueve. Camino mirando al suelo, como si temiera tropezar con algún obstáculo invisible. Camino. Camino con las manos en los bolsillos sin mirar atrás, sintiendo su mirada en mi espalda mientras el autobús se aleja….

Por desgracia algunos caminos son demasiado cortos y, otros demasiado largos.

12 comentarios:

Hada del lago dijo...

Creo que merece la pena esperar bajo la lluvia, sentir el viento que te golpea en la cara, esconder absurdamente la cabeza entre los hombros; sólo por sentir ese mágico beso de miradas ;)

Me gusta el texto!

Un beso!

Tuñón dijo...

Como escribes tan ben?

Eso é algo que eu non che sei

L. Celeiro dijo...

Creo que no escribo bien, simplemente dejo que las ideas salgan caóticamente desde mi cabeza hasta el papel, y despues, le pongo acentos, le cambios algunas 'b' por 'v' y viceversa. Alguna coma, algún punto y listo. ;-)

Anónimo dijo...

Para que cojones te bajas del puto autobús!! TONTO QUE ERES TONTO!! El relato de puta madre pero para la próxima vez te me quedas en el bus así te lleve al puto infierno. Un saludo compañero!

A l o n d r a . . . dijo...

"Por desgracia algunos caminos son demasiado cortos y, otros demasiado largos"... Y en mi caso, la mayoría de los largos caminos estan plagados de extrañas decepciones...

Hola!
Hace tiempo que no pasaba por aquí, he sido una ingrata, tu siempre me visitas y eso me agrada bastante... Me gustó tu escrito, tiene de todo, así me gustan las cosas, describes muy sigilosamente y eso se agradece.

Cuidate Luis...

Nos estamos leyendo, besos!

Miss Machine dijo...

Yo también opino que escribes bien, pero se nota que las ideas fluyen solas y tu solo las plasmas aquí.
Me gusta tu blog. ;)
Beso ^^

Anárion dijo...

Pues si, la verdad es que escribes bastante bien jodio xD. De mayor quiero escribir como tu. Bueno es el primer comentario que te dejo pero no será el ultimo muahahaha.

Cuidate y nos vemos en el instituto.

A do outro lado da xanela dijo...

tal vez ese fose o mellor día pra pasarse de parada... en ocasións, paga a pena chegar tarde aos sitios.


¿Non tiñamos ti e eu un proxecto en xestación? Agardo novas!

Un bico!

Anónimo dijo...

Llegar tarde habría valido la pena chaval!

Meiga Gris dijo...

Quizás algún día te cruces conmigo en un autobús y no deje que te bajes.
Besos y vuelve pronto por la coru!

Luar de inverno dijo...

Esa tía era bastante torpe. Tendría que haberte cogido del brazo o algo para que no bajaras y, tú, vamos para meterte en un manicomio, cómo se te ocurre bajar.

Nunca aprenderás que las oportunidades hay que aprovecharlas.

L. Celeiro dijo...

O eres tonto o te sobran las mujeres... o ambas cosas cabrón con suerte !!


No viniste por el patrón y no te lo perdono. Me debes una borrachera.