Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Proyecto Novela Épica (4ª parte)

Hacia el norte

La fuerza que poseía esa chica era asombrosa, no sé como podía hacerlo, pero después de un viaje de seis o siete días a caballo, sin descanso, era casi imposible que alguien de su condición se encontrara tan fresca con solo dos horas de descanso por día. Estaba asombrado de su resistencia, aunque intentaba ocultarlo ante ella. No se porque pero, me pareció lo mejor en aquel momento. Ella se negaba a descansar así que decidí, condicionado claro está, marcharme inmediatamente.

Con las primeras luces de la mañana apareció Dela, portaba un atuendo más apropiado para nuestro cometido. Una armadura de cuero negro ajustada, lo suficientemente dura como para dotar de cierta protección a su portador, y lo suficientemente flexible para no molestar ni impedir ningún movimiento. Una capa del mismo color que la cubría entera, incluida la cabeza. En lugar de las armas típicas de un mago llevaba un arco sencillo y una espada, ligera y fina. Se podría decir que sabía lo que hacía, pero no acababa de convencerme.

― Buenos día caballeros. ― saludándome a mí y al pobre Dak que acababa de levantarse, aún con las legañas en los ojos y la ropa de domir.

― Dak´Wi, acércate, tengo algo para ti. Entrégale este bastón y esta carta a los enanos. ― Mi señorita, ¿yo? ― contestó aun medio dormido Dak
― Debes darte prisa Dak, llévalo lo antes posible y entrégaselo al rey enano de Kronem.
― Pero, ¿Cómo podría yo ver a ese rey? ― replicó Dak dubitativo
― No te preocupes por eso, este bastón te servirá como prueba.
― Bien, así lo haré, aunque no se muy bien como.

Comimos y nos preparamos para partir, en solo media hora ya estábamos en marcha hacia el norte por la calzada principal sobre nuestros caballos que si el tiempo lo permitía nos llevarían hasta el Puente de los enanos en sólo dos días.

El primer día pasó como si el viento lo arrastrase, pero ese mismo viento que pareció darnos alas también trajo la preocupación a mi corazón. Aunque la conversación con Dela fue gratificante y amena, el tiempo estaba cambiando, pronto llegarían el frío y el agua. Pronto llegaría el invierno.

Nosotros nos dirigíamos al norte, a un pequeño reino conocido por sus nieves y por los grandes peligros que esperan a todo valeroso aventurero que se atreva a cruzarlas. Esas montañas son muy falsas. Los senderos estrechos y resbaladizos. Las cavernas son numerosas y pueden estar habitadas por criaturas de las profundidades dispuestas a saltar sobre cualquier aventurero despistado.

Hubo un tiempo en el que una ruta comercial atravesaba esas montañas. Pero poco a poco los enanos que defendían los pasos fueron perdiendo terreno y, un día, ya no había senderos, ni caravanas, ni enanos. Tan solo nieve y muerte.

Cabalgamos, cabalgamos hasta que la tenue luz del mortecino sol se ocultó tras las montañas…

Era un día nublado y frío, el viento azotaba las copas de los árboles. Árboles, casi desnudos por el paso del otoño. Me sentía helado, no por el clima, ya que portaba buenas ropas y no es que hiciera demasiado frío en aquel momento, pero, cuanto más al norte íbamos, cuanto más nos adentrábamos en los bosques, más dudas se cruzaban en mi camino. Puede que fuera por tanta incertidumbre, o porque era mi primera misión. Ahora creo que tenía miedo a la responsabilidad de cuidar de Dela, y a que si me equivocaba no tendría detrás a nadie que me sacara del lío.

Cruzamos el puente a mediodía, nos paramos en la otra rivera a comer algo y descansar un rato. Dela me comentó que no podíamos continuar a caballo, cosa con la que estaba de acuerdo. No pensaba ir por las rutas principales, y el bosque no era lugar para los caballos. Además, cuando llegáramos a las montañas no podríamos llevarlos ni dejarlos en ningún lugar civilizado, los comerían los lobos, en el mejor de los casos.

Después de acercarme a la torre de observación colocada a escasos metros del puente en la orilla norte, para charlar con algún guardia; conseguí enterarme de que no se permitía a nadie cruzar ya el río. Claro está, a nosotros si que nos dejarían, pero por lo que me comentaron en el norte había caído una especie de maldición, algo oscuro y extraño. Eso fue todo lo que pude averiguar en ese momento. Muchas cosas estaban por pasar…

Los siguientes días fueron casi penosos, nuestra princesita sólo dejaba de protestar por todo cuando se dormía. Me estaba dando más problemas de los que me esperaba. Ya no intentaba aparentar que era una chica dura. Además, el pan para el camino y la carne seca no le valían con lo que tuve que arreglármelas para proporcionarle ciervo, o conejo, o cualquier cosa que le pareciera oportuna. Me hizo perder horas buscando un rió donde poder lavarse, hasta una maldita cama que tuve que preparar con lianas y hojas para que la señorita no durmiera en el frío suelo. Me estaba cansando y creo que ella también. La cosa empezaba a fallar. Dela creía que era un tirano y yo que ella era una niñita de papa que va de dura por la vida, pero que cuando hay que ensuciarse dice ¡NO! Que llevo zapatos nuevos.

Un día al anochecer, pude ver con la ayuda de la poca luz de la luna que se filtraba entre las ramas de los árboles a dos sombras que nos acechaban en la penumbra. Deje a Dela caminando sola y me aparté un poco del pequeño sendero que ella había preferido. Desviarnos por un sendero, tenía pensado ir campo a través. No hacía más que retrasarme.

Bueno el caso es que cuando me estaba preparando para plantarme en medio del camino y luchar contra lo que fueran esas sombras recordé algo que me había dicho uno de mis tutores. “Un señuelo puede hacer que tus enemigos dejen de seguirte el rastro. Un señuelo hábil puede sobrevivir para volver a hacerlo.” Dicho y hecho. Esperé a que se acercaran más a Dela mientras yo me colocaba a la espalda del primero. Cuando estaba casi rozando su espalda con mi espada pude distinguir lo que era. Su piel era correosa y de color verde mohoso, con manchas verdes y grises. Una maraña retorcida le hacía de pelo, de un color rojizo, plomizo. Sus brazos y piernas eran largos y alargados, cerca de dos metros de envergadura. Sus manos y pies estaban provistos de garras y aunque de apariencia delgada tenía pinta de poseer una gran fuerza. Portaba dos hachas viejas y oxidadas e iba ataviado con pieles de alimañas.



(Continuará...)

10 comentarios:

Anárion dijo...

Esto empieza a ponerse interesante ya hay enemigos con los que luchar y la mision se va haciendo cada vez mas peligrosa, conclusion me esta gustando la historia sigue con ella que quiero saber que pasa con ese extraño ser!

L. Celeiro dijo...

Se hacen apuestas sobre qué es el bicho en cuestión. ¿Alguien se atreve?

Friki nivel 21 dijo...

Orco, sin duda.

Anónimo dijo...

Bueno, empieza la acción (ya iba siendo hora)

Yo creo que como mide casi dos metros y es verde, pues un orco es una buena elección (El friki es un robador de apuestas) yo digo que un Gnoll que con la luz atravesando los árboles se vería de un color verdoso.

Marcos dijo...

mmm interesante, un Troll de las Cabernas
(como los de Moria) que se haya mudado al bosque.

AntonioIglesias dijo...

Ya estoy aquí!

Para cuando una partidita de d&d ??

Bueno, la historia bien, aunque coincido con los demás, faltan golpes y sangre. Me suena la taberna de alguna partidita con Miguel.

Yo estoy seguro de que es un orco, pero como ya está pillado voy a decir que es un Elfo Salvaje (manual de faerun)

Friki nivel 21 dijo...

Te has confundido, los Elfos Salvajes vienen en el manual de Reinos Olvidados. No de Faerun, Faerun es un continente de los Reinos Olvidados.

Por algo yo soy el friki de nivel épico.

A l o n d r a . . . dijo...

.

Jajaja, que gracias me producen sus visistantes, al menos me han sacado un par de sonrisas...

Saludos estimado!

Besos...

.

Anónimo dijo...

Vamos dinos ya que es. Mira que....

Fijo que es un Trasgo de dos metros, un Trasgo que tomaba esteroides xD

AntonioIglesias dijo...

Venga Luis publica ya la siguiente parte. Se bueno anda...

A que es un elfo salvaje. Tengo razon verdad?