Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Proyecto Novela Épica (17ª parte)

Aquí teneis la siguiente entrega, volvemos a las descripciones parafraseadas, los diálogos y la aportación de nuevos datos. Espero críticas y nuevas ideas de por donde seguir la narración.


Un despertar marcial


Oscuridad. Abrir los ojos. Luz blanca intensa. Quema. Cerrar los ojos. Oscuridad parcial. Respirar profundamente. Dolor. Abrir los ojos. El dolor se reduce. Las retinas se aclimatan a la luz. No se donde estoy, la luz se cuela a través de una lona blanca, parece una tienda. Estoy tumbado en una especie de litera improvisada. Me duele todo sobre todo el pecho.

― ¿Dónde estoy, que ha pasado? ― mi voz apenas era un suspiro, el dolor del pecho era muy intenso, nunca desaparecía pero aumentaba o disminuía con cada respiración.

De repente una voz dulce rompió el silencio convirtiendo mis palabras en un diálogo. ― Has tenido suerte jovencito, si te hubieran encontrado los hombres de Ur ahora mismo seguirías sobre ese grifo muerto.

Intenté incorporarme pero el dolor del pecho era inaguantable.

― Tranquilo niño. ― me sentí ofendido mientras me dejaba caer sobre el camastro derrotado por el dolor. ― te has dado un buen golpe, debiste de haber caído desde muy alto. Como te decía has tenido suerte porque la mayoría de este contingente está formada por hombres de Ur y ya sabrás que no son muy amigables con los vigilantes.

Era un elfo delgado como una rama, su piel era clara prácticamente blanca. El cabello como si de hilos de oro se tratara caía perfectamente alisado a ambos lados de su esbelto cuello.

― Bueno, no te preocupes jovencito, vamos a ver que podemos hacer con esos dolores, he cerrado todas las heridas así que se podría decir que me debes la vida pero no te preocupes no tienes que pagarme nada. ― El orejas picudas sonrió mirándome, puso sus manos sobre mí y una luz blanca brotó de ellas, tras unos segundos el dolor constante fue disminuyendo hasta desaparecer.

― Gracias señor elfo. ― dije con el mejor tono posible dado mi estado.

― No es para tanto, realmente no es una solución definitiva, te volverá a doler porque tienes las costillas del lado izquierdo rotas y eso supera mis dotes curativas. Ah! se me olvidaba ten cuidado con el tobillo derecho o no llegarás muy lejos corriendo.

― Gracias. ― repetí mientras me incorporaba y ocultaba el medallón debajo de la camisa. No me podía permitir que los hombres de Ur lo vieran. Realmente no se como he acabado tan al este, no le veo ninguna explicación para estar en las tierras del reino de Ur.

― Ahora que estás mejor dirígete a la tienda de mando, te esperan. Aquí tienes tu espada y resto de cosas que llevabas encima.

Salí al exterior tambaleándome. Me encontraba en un campamento improvisado compuesto por pequeños grupos de tiendas de lona blanca y algunas barricadas de madera, por la apariencia el ejército llevaría acampado menos de una semana.

Al entrar en la tienda de mando dos guardias de Ur me saludaron cortésmente acercando la lanza a su casco. Dentro se encontraban tanto el mariscal de campo como tres generales, uno de ellos con apariencia ligeramente distinta y, un capitán elfo de los bosques del norte. Ninguno pareció mostrarme atención mientras seguían discutiendo.

― Las milicias de lanceros no están en condiciones de defender el centro.

― Pues mis piqueros no combatirán si su flanco no está protegido. ― replicaba otro general.

― No podemos presentar batalla, sería un suicidio como el de los llanos de Eridu. Lo que tenemos que hacer es garantizarnos los suministros, reclutar más milicianos y seguir hacia el sureste hasta llegar a Elam, allí uniríamos fuerzas y puede que tuviéramos alguna posibilidad. La mayoría de mis fuerzas no nos resultarán útiles en batalla, ya se ha demostrado que la caballería no es muy efectiva contra esas cosas por lo menos si los caballos no van acorazados.

― Escuchemos al señor elfo que únicamente por sus años de vida nos gana a todos en experiencia acumulada. ― interrumpió el mariscal.

― Tengo mis dudas… los supervivientes de mi pueblo llevan semanas huyendo hacia el norte y hostigando el avance de los llameantes pero por muchos que eliminamos siguen avanzando. Ninguna táctica de hostigación parece ser de utilidad pero presentar batalla abierta nos llevaría únicamente a igualar las mayores derrotas que han visto estas tierras desde que fueron creadas por los dioses.

― Si me permiten interrumpir, mi nombre es Eneasun soy un mensajero que se dirige a la capital de Elam, me han comunicado que me presentara aquí pero debería partir cuanto antes.

― No te preocupes, tendrás un caballo listo cuando desees partir pero antes cuéntanos que noticias hay del norte.

― Noticias, no tengo mucha información salvo que los enanos bajo el mando de Thorak siguen resistiendo en las montañas de la Forja de los Titanes, intentan desesperadamente cerrar las puertas. Pues el fuego de la forja es el origen del mal.

― ¡Siguen resistiendo! Esos pequeños son mas duros de lo que creía, los ejércitos de Lagash fueron destruidos en pocos días, las llanuras arrasadas y apenas quedamos unos doscientos jinetes. ― definitivamente ese general era del reino de Lagash uno de los reinos neutrales en el tema de los vigilantes.

― Lagash, si me disculpan estoy un poco aturdido, ¿Dónde nos encontramos? ― pregunté con voz vacilante.

― Jovencito, estamos en el suroeste del reino humano de Lagash, a uno día y medio del gran río que hace frontera con Elam. ― contestó inmediatamente el capitán elfo mientras ponía su mano en mi hombro.

― Suroeste de Lagash pero… esto es un ejército de Ur, ¿Qué haceis tan al oeste?

― Ur ha sido destruido por completo, allí no queda nada. Somos el cuarto ejército del oeste y apenas quedamos unos cuatro mil infantes y unos seis mil milicianos sin experiencia. A eso puedes añadirle doscientos jinetes de Lagash y sesenta elfos del norte que recorrían el territorio en busca de supervivientes.

― Sin éxito. ― interrumpió el capital elfo con un tono resignado y bajo.

― Si me informan de lo que ha pasado podré avisar en Elam y puede que les sirva de ayuda.

― Bien, escucha. ― contestó el mariscal mientras se sentaba ― por lo poco que sabemos los llameantes como los llaman los elfos provienen del norte, cerca de la ciudad de los enanos, aunque por lo que dices su procedencia es aún más concreta. Los primeros afectados fueron los pueblos bárbaros que residen en las estepas pero de ellos nada hemos sabido. Después el reino de los elfos del que provienen estos guerreros, arrasado en tres días, no ha quedado un solo árbol. La marea llegó a Lagash y a Ur al mismo tiempo, cruzando montañas y colinas, atravesando llanuras y destruyendo a su paso cultivos, ciudades, fortalezas y habitantes. Ningún intento de enfrentarse a ellos ha conseguido nada, derrota tras derrota todos los ejércitos han perecido.

Ni las falanges de Ur ni los jinetes de Lagash han logrado hacer mella. ― interrumpió uno de los generales de Ur.

― Por lo que sabemos Elos y Urartu también han caído del mismo modo aunque por las pocas noticias que han llegado en Urartu parece que ha existido un poco más de resistencia en la zona de los grandes ríos. Como bien dices parece que no les gusta el agua. ― prosiguió la narración el mariscal. ― No hay más información, detrás de la cabeza de la marea no se encuentran fuentes de agua potable ni comida, llameantes solitarios deambulan en busca de algo que consumir. Ni al norte ni al este ni al oeste queda ninguna posición estable de defensa, tan solo pequeños grupos de soldados o campesinos que huyen como pueden hacia Elam.

― Confiamos en que los grandes ríos que hacen frontera los detengan. ― añadió el general de Lagash.

― Bien, caballeros les deseo suerte en la batalla, mi deber es llevar esta información y los manuscritos que me han dado en el norte a Elam, partiré en cuanto esté listo mi caballo.

― Nosotros marcharemos el primer paso de Elam lo antes posible. Caballeros hay trabajo que hacer. ― Sentenció el mariscal. Todos asintieron.

Realmente un día y medio a caballo podía parecer poco pero en mi estado iba a ser toda una odisea de dolor llegar hasta las fortalezas del río.

Salí de la tienda de mando y fui acompañado por el capitán elfo hasta los establos. El campamento estaba en plena actividad. Soldados cortaban leña para preparar fuegos o levantar barricadas, otros montaban nuevas tiendas, cocinaban o reparaban armaduras y armas. Era todo un espectáculo marcial.

― ¡Reclutas quiero que me escuchéis atentamente! ― gritaba un sargento de falange a un grupo de ciento veinte campesinos ― ¡Un palo es un amigo, un palo con punta es un buen amigo, una falange de palos con punta, joder, eso es tu puto mejor amigo!

El caballo era un ejemplar fuerte, había servido a la caballería ligera durante años en las praderas de Lagash.

Path nárak mellon (suave y rápido amigo) ― Susurró el capitán elfo al caballo.

Monte como pude, el dolor no era un problema pero si el clérigo elfo tenía razón, cosa más que probable iría empeorando a lo largo del día y montar no me iba a sentar bien.

― ¡Qué la luz de Ilúvatar te guíe!

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