Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Buenos días


Una ligera brisa fresca recorre mi espalda. Es como una mano helada que refresca mi piel mientras sus caricias producen una sensación placentera y relajante, la piel se eriza, los ojos se cierran, se coge aire y se suelta con un suspiro largo que elimina el letargo del sueño.

Me giro lentamente sin hacer ruido. Liviano y lento como si el silencio fuera un frasco de cristal y cualquier sonido por leve que sea pudiera romperlo en mil pedazos.

Los primeros rayos de sol se cuelan por las rendijas de las persianas cubriendo todo con una capa dorada y marrón, ropajes de un otoño ya pasado. El frío de la mañana entra inundando la habitación por las ventanas abiertas, pulmones de la noche tras días de calor sofocante y noches ardientes. Se lleva los grados de temperatura que nos dificultaron soñar bajo la luz de las estrellas y una luna valiente.

Vuelvo a mi posición inicial y ahí estás tú. Tan linda, tan guapa. Acurrucada sobre mi brazo izquierdo. Tus pies entrelazados con los míos y tu pelo revuelto sobre la almohada. Y un fuerte construido con la almohada y una sábana arrugada. Eres preciosa…

No puedo dejar de mirarte. Me encanta despertarme a tu lado, creo que nunca he sido tan feliz. No necesito más. El olor a vainilla de las velas aún persiste en el ambiente, diluido en el aire fresco de un amanecer perfecto. 

Vuelvo a girarme procurando no hacer ruido y no hacer movimientos bruscos. Debe ser temprano... miro el despertador. Tenemos tiempo. La dejaré dormir un poco más, la noche ha sido corta y el día demasiado largo con todas esas horas de clase y sus correspondientes trabajos y proyectos.

Me acurruco contra ella. Cierro los ojos y acaricio su pelo. Su olor me inunda, es un olor dulce, familiar. Un olor que me tranquiliza. Su respiración apagada, tranquila, durmiente se reduce al tempo de mis juegos en su pelo, suaves, dulces, lentos…

Pasan los minutos y no puedo dejar de pensar en ella, allí, tumbado a su lado su cuerpo delgado y claro… su cadera, sus pechos, sus brazos… sus piernas largas y suaves, su… Es preciosa y me vuelve loco como nunca otra mujer lo había hecho.

Mis caricias abandonan su pelo emigrando lentamente hacia el sur. No tengo prisa, no va a huir por la mañana. 

Mi mano se posa en su cadera y desciende por sus piernas lentamente. Asciende hasta el hombro y recorre su brazo para volver al comienzo en un bucle suave y excitante al mismo tiempo. Acaricio todo su cuerpo, despacio. Su respiración se acelera ligeramente mientras sigue durmiendo.

Cuanto más la acaricio mayor es mi deseo de tocarla, de hacerla gemir, de verla disfrutar. 

Su respiración al ritmo de mis caricias me excita, sus jadeos me pierden. Mi pulso se acelera, mi respiración se entrecorta y no puedo evitar besar su cuello. Un gemido ahogado y mi mano se cuela en sus braguitas gris claro. Como un ladrón en un museo robando un rubí precioso. Despacio, sin prisas pero sabiendo perfectamente lo que tiene que hacer y que quiere conseguir.

Su respiración aumenta y ligeros gemidos salen de su garganta. Gira sobre si misma y estira sus piernas abandonando la protección del fuerte construido con la almohada y aumentando mi capacidad de movimiento. La excitación me vence, me pierdo…

Desciendo lentamente besando todo cuerpo. Su cuello. Sus pechos. Su cadera. Su ombligo… Me deshago de sus últimas defensas arrojándolas contra la pared más cercana mientras sigo descendiendo con la lengua por el interior de su pierna. Ella se tensa ligeramente y jadea intensamente.

Mi boca entra en contacto con su entrepierna. Mi lengua juega lentamente con la superficie mientras los gemidos entrecortados por una respiración desbocada inundan el silencio de la mañana.

Los segundos se convierten en minutos y todo su cuerpo se tensa al ritmo que le impongo. No quiero que se vaya. Su respiración se rompe. Quiero que disfrute al límite entre el placer y la necesidad. Quiero que desee que acabe y al mismo tiempo que no quiera que acabe nunca. Los gemidos antes ahogados ahora son gritos y sus manos se agarran con fuerza a las sábanas, a la almohada, al cabecero de la cama o a todas partes y ninguna al mismo tiempo en un esfuerzo por resistir el placer.

La luz ha llenado la habitación, se escucha el ligero canto de unos pajarillos madrugadores entre las casas. A lo lejos el resonar de un martillo solitario, quizá un obrero trabajador en busca de un salario. Llegan ligeros ruidos del tráfico creciente, trabajadores, repartidores, padres que llevan a sus hijos al colegio. La ciudad despierta.

La tensión de su cuerpo llega a límites insospechados mientras los gemidos aumentan y aumentan... rápido, intenso, profundo y la vez suave y húmedo. Mi excitación desborda, mi cuerpo lo pide pero no queda tiempo. Ella gime, se estira, se agarra, vuelve a gemir, jadea, se estira, jadea, se agarra, gime en un bucle aleatorio cuyo final depende de mí. No puedo dejar de mirarla.

Cuando la tensión es máxima y su cuerpo se retuerce prácticamente en el aire. Sus manos se clavan en las sábanas, su cuello estirado parece que no va a aguantar el peso de su cabeza y los dedos de sus pies se aprietan unos contra otros con fuerza. El placer parece fuego que quema, que no se puede aguantar como un éxtasis de lava ardiente que te inunda formando círculos sobre la superficie y penetrando hasta anular todos los sentidos. Un chorro húmedo y caliente inunda mi boca mientras mi lengua recorre en círculos el perímetro prolongando la sensación de desahogo mientras su cuerpo se desploma sobre la cama con un último gemido profundo que se transforma en una cadena de jadeos que mueren en un suspiro.

Los músculos se relajan, la respiración se reduce paulatinamente hasta quedar bajo control, el corazón antes al límite recupera el pulso. La tensión desaparece y un cansancio diferente la conquista por completo. Como cuando pasa la tormenta. Un silencio entrecortado por los truenos que se alejan, un olor húmedo del agua derramada, la tranquilidad y la calma solo alterada por los destellos de los relámpagos apenas visibles en el cielo.

Asciendo lentamente mirándola y me tumbo a su lado. Ella, se acurruca contra mi pecho mientras suspira profundamente. La miro, sus ojos cansados por una noche demasiado corta y un ayer demasiado largo brillan. Su pelo revuelto por un sueño intranquilo y por un despertar intenso. Unas pequeñas gotas de sudor en su frente, recuerdo del calor nocturno. Y la sonrisa más bonita que he visto en mi vida.

Sonrió mientras me mira con esa carita adorable recubierta de sueño. ― Buenos días.

6 comentarios:

Friki nivel 21 dijo...

No sabía nada de esta faceta tuya.

Luar de inverno dijo...

muy sensible y excitante me alegro de que te vayan las cosas bien ^^

Friki nivel 21 dijo...

Cof cof cof Eneasun cof cof

Anónimo dijo...

Muy interesante tanto el tema como la forma de este relato.

Intercambias primera ytercera persona continuamente consiguiendo un dinamismo que fortalece las descripciones.

Espero seguir leyendote.

Nasty. dijo...

Por unas cosas o por otras no terminé firmándote pero me encogió por dentro, es brutal simplemente genial

Anónimo dijo...

Lo he leído como diez veces y es impresionante. Un beso!