Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Proyecto Novela Épica (18ª parte)

El fuego quema

A las pocas horas el galopar del caballo se hizo insoportable, el dolor se clavaba como una estaca en mi pierna derecha con cada paso del caballo. La rodilla crujía como si se fuera a romper dejando caer la parte inferior de mi pierna.

A lo lejos una torre se distinguía en el horizonte verde de las praderas de Elam. Seguramente se trataría de una de las torres de vigilancia que el consejo mandó construir antes de que yo naciera, antes de las guerras, cuando Elam era un reino joven asolado por las hordas trasgas que bajaban de las montañas sedientas de sangre. Aquellos trasgos fueran hace mucho tiempo derrotados, sus cavernas exploradas y su mal eliminado. Las hace tiempo imponentes torres de vigilancia al noreste del río apenas tenían utilidad pero seguían siendo mantenidas en mayor o menor media. Sería un buen lugar donde descansar, dar de beber al caballo y procurar reposar la pierna.

Dos horas mas a caballo desde esa torre y llegaría al río.

No se cuanto tiempo pasó hasta que alcancé aquella torre medio derruida pero no pudo ser más de media hora. Minutos insufribles de dolor. La pierna empeoraba con cada segundo y respirar se complicaba un dolor intenso en el costado izquierdo aumentaba hasta impedirme siquiera respirar. Así no podría llegar…

La torre no era otra cosa que un montón de piedras agrupadas. Un estandarte viejo y rasgado por el viento ondeaba en uno de sus costados. La puerta era inexistente y había dos guardias tumbados a la sobra de un pequeño tejado de madera que cubría un abrevadero con tres caballos, no llevaban armadura aunque si que tenían sus espadas enganchadas en sus cinturones, las corazas, cascos y protecciones se encontraban apiladas contra la pared recubierta de musgo de lo que muy amablemente podría denominar como torre.

Ambos guardias me miraron con desinterés y siguieron dormitando. ― Saludos viajero, ¿¡qué nuevas traéis del este?! ― Un tercer hombre, más arreglado que los dos anteriores aunque sin armadura descendía por una de las paredes de la torre.

― Saludos, Guardián de la Torre ― no pude evitar ser irónico con aquel soldado ― necesito agua para mi caballo y para mi, estoy molido por el camino y debo llevar noticias lo antes posible a la capital.

¿Se dirige a Elam? ― todo el territorio toma su nombre de la ciudad.

Si y lo antes posible. ― dije seguro de mi mismo mientras apretaba la rodilla con mi mano para comprobar su estado.

En ese caso descanse un poco y llévese uno de nuestros caballos, están frescos. Veo que estáis herido, igual tengo algo que le alivie el dolor por lo menos hasta que caiga en buenas manos.

― ¡Jajajaja, buenas manos! ― los dos soldados que dormitaban en el suelo se reían mientras dibujaban los pechos de una mujer en el aire con sus manos ― ¡Si eso, buenas…!

― Gracias, así lo haré si mis circunstancias lo permiten

Comí un poco de pan negro con atún salado y un vaso de vino tinto, si no fuera por ese vino amargo como el vinagre no podría haberme comido esa pasta seca y salada y después, tumbado sobra la hierva junta a aquellos dos hombres unté mi pierna y el costado con una mezcla de hiervas machacada que olía a menta.

― Mensajero, tengo algo para usted, acompáñeme. ― Aquel hombre me llevó al interior de la derruida torre donde me dio una armadura de Elam. ― Tome, no es gran cosa pero le ayudará, por lo menos mantendrá apretada su pierna para que no le duela tanto y protegerá su costado de los golpes del caballo.

― Gracias amigo pero necesito ayuda para ponérmela. ― Aunque aquel potingue empezaba a hacer efecto el dolor seguía siendo un impedimento.

― Llevaría su mensaje pero se que los vigilantes hacéis vuestro propio trabajo.

Aquella armadura era muy sencilla, una protección bastante contundente para los hombros, las rodillas, espinillas, codos y el antebrazo y una cota de mallas que cubría el pecho y caía sobre las piernas, se ceñía al cuerpo con un cinturón ancho que ofrecía una ligera protección en el estómago al estar tachonado con acero. Rehusé el casco, pues tenía que viajar rápido y aunque la armadura suponía un peso añadido, el caballo fresco lo compensaba pero hay cosas de las que uno puede prescindir para agilizar el camino, escudo y lanza también se quedaron en aquel puesto de vigilancia.

Cuando salí pude observar como una ligera niebla se acercaba desde el este cayendo desde las montañas sobre las llanuras de Lagash. El mal se acercaba.

Cabalgué rápido aliviado por la sujeción de mi armadura y por el ungüento de menta de aquel soldado. Dos horas pasan volando y hacia mucho tiempo que no parecía un verdadero caballero, aquella armadura marcial, a pesar de su sencillez había conseguido que recobrara momentáneamente la fuerza y la confianza en mi mismo.

Puede parecer una tontería pero la experiencia me dice que un hombre desnudo combate peor que uno vestido pues se siente inseguro y desprotegido del mismo modo que un soldado acostumbrado a sentir la armadura se sentirá indefenso si no la lleva y es sorprendido por el combate. Soy consciente de que las armaduras poco tienen que hacer en la mayoría de los casos y que seguramente en este caso, el mal que nos aflige, mucho menos tendrán que hacer pero, para ser sincero, aquella fina capa de acero que me cubría me había devuelto la fuerza, el valor y la seguridad que puede que nunca hubiera tenido.

Sobre una colina de hierba verde y húmeda pude ver el río, grande, ancho y fuerte que bajaba cortando el paisaje, su fría agua azul resplandeciente por un suelo de piedras blancas. Aquel río y sus tres pasos fortificados eran la única entrada a Elam.

Desde mi perspectiva privilegiada en un alto pude ver una inmensa columna de refugiados, una caravana que intentaba cruzar el puente para ponerse a salvo. Niños, mujeres, ancianos, carros llenos de comida, perros mas o menos perdidos que se dejaban llevar por la multitud, soldados sin unidad ni estandarte que se habían unido a los que caminan por su vida… todos ellos se agolpaban en una cola de unos seiscientos metros a las puertas del puente fortificado.

Al alzar la vista para contemplar todo lo que me rodeaba una horrible visión se cernía sobre mi, la niebla no sólo avanzaba desde el este persiguiéndome sino que también había cruzado las montañas por los pasos de los tragos y me había rodeado. Una imagen se vino a mi cabeza mientras pensaba en cruzar el puente antes de que fuera demasiado tarde, la imagen de un ejército de lanzas rodeado por una espesa niebla, un ejército perdido al que no le esperaba otra cosa que la muerte. ¡No podrían llegar!, el fuego los habrá rodeado por completo.

Entonces, como las chipas que salen expulsadas de un tronco en llamas por el viento, chispas que buscan nuevos paraísos que quemar y que se adhieren a la madera seca como si de ello dependiera su vida unos diez elementales de ceniza salieron de la nada colocándose sobre una de las colinas que dominaban la bajada al río.

¡Atacaran a la caravana! Estaba inmovilizado por el miedo. Mi espada, mi coraza, mi caballo, mis años de entrenamiento, el miedo de las minas, el sudor, la sangre oscura de los trasgos, el aliento de un troll, el veneno de la serpiente… todas y cada una de las experiencias previas pasaban ante mi.

Un estandarte de Lagash ondeó entre los refugiados que huían desesperados hacia las puertas del puente. Cinco jinetes con sus lanzas y escudos cabalgaban en forma de cuña hacia los demonios. Aquella imagen de valor y sacrificio me hizo reaccionar. Desenvainé mi espada, espoleé mi caballo y me lancé colina abajo al encuentro de aquellos monstruos. ― ¡Aaaaaaaaaah!

Los cascos del caballo golpeaban la tierra. Tocones de hierba saltaban por los aires a su paso. Mi brazo firme sostenía la espada. Mis dedos se clavaban en su empuñadura. Alcancé el flanco del enemigo al mismo tiempo que los caballeros de Lagash cargaban por su frente. Directo a uno de ellos. Sin vacilación. ― ¡Aaaaaaaaaah!

El caballo frenó en seco y saltó hacia atrás como si el mismísimo infierno estuviera un paso por delante. Cayó y, me hizo caer con él. Mi espada se soltó de mi mano, mi bolsa se soltó de mi espalda y el dolor del golpe recordó a mi cuerpo su estado.

El suelo estaba mojado. Notaba el tacto húmedo de sus tallos en mi cara. Levanté la mirada y pude ver al caballo agonizando de dolor a un par de pasos de mí. Tumbado, prácticamente inmóvil. Aquel demonio avanzaba lentamente. Al llegar a su altura puso un pie sobre él y un olor a carne quemada inundó el ambiente, el caballo emitió un quejido sordo y calló al mismo tiempo que su cuerpo se desplomaba contra el suelo y empezaba a humear. Otro paso y pude ver como la hierba se quemaba bajo sus pies, anchos y con cinco dedos oscuros de un negro profundo. Su cuerpo era extraño, como brasas, negro y rojo. Incandescente. Su color cambiaba con el viento.

Venía hacia mí. Me levanté tambaleando como pude, di dos pasos mitad a gatas mitad de pie y alcancé mi espada. Al alzarla recibí el primer golpe de su cimitarra ardiente.

Me incorporé lentamente mientras observaba sus ojos rojos como una brasa en su punto más caliente. Me observaba. ― ¡Aaaaaaaaaah! ― Me lancé al ataque con todas mis fuerzas. Un golpe horizontal, un giro del izquierdo hacia atrás y un intercambio de golpes a media altura. Cada vez que su cimitarra impactaba sobre mi espada notaba su fuerza. Impresionante, aquella cosa era realmente fuerte.

Cuanto más cerca de él estaba mayor era el calor. Apenas unos segundos de combate y ya estaba sudando en un día gris y fresco. Un ataque desde la derecha con una sola mano y su cimitarra se desplazó dejando libre su costado, el mismo movimiento hacia el otro lado con el consiguiente resultado, su pecho estaba desprotegido. Entonces y siendo rápido y fuerte hundí mi espada en su pecho a la altura del corazón.

Aquella cosa gritó fuego mientras se estiraba hacia el cielo. Lo había vencido, ¡sí! Lo había hecho.

Entonces… puso su mano sobre mi hombro derecho y el calor fluyó de él a mí. Al principio sólo era un calor concentrado pero poco a poco se fue haciendo más y más hasta que quemaba atravesando la armadura y la ropa. Con cada segundo el acero se iba fundiendo bajo su mano y penetrando en mi piel quemada. No podía hacer otra cosa que gritar y mantener firme la espada clavada en su corazón.

Caí de rodillas al suelo mientras el fuego fundía mi hombro y mi garganta se rompía gritando. La espada se había deshecho en su cuerpo incandescente. Apenas quedaban unos centímetros a este lado de la empuñadura, otro trozo había caído a la espalda del demonio. El calor era insoportable el dolor inhumano. El sudor caía por mi frente evaporándose por el camino. No podía más…

En último momento de desesperación levanté con todas mis fuerzas la espada hacia el cielo dando un golpe impreciso con la hoja al rojo que aun quedaba en la empuñadura. El demonio se deshizo en el aire y una ceniza oscura, de un gris casi negro cubrió varios metros a mí alrededor en la dirección en la que soplaba el viento. Solté la espada, me había quemado la mano sólo de sostenerla. Iba a derrumbarme sobre la hierba seca por el calor y el fuego cuando…

― ¡Agárrate valiente! No tenemos mucho más que hacer aquí ― un jinete había recogido mi bolsa y subido a su caballo me extendía su mano, habíamos perdido, los caballos no servían, esas cosas quemaban todo lo que les rodeaba.

Subido a la loma del caballo pude ver como los elementales nos perseguían colina abajo en dirección al río. De los cinco jinetes sólo dos habían sobrevivido y por lo que pude ver, mientras el dolor no nublaba mi vista, nueve demonios seguían en pié.

Alcanzamos la puerta de la fortificación con los últimos refugiados. El acero de la protección de mi hombro seguía al rojo y la marca de una mano con garras de podía distinguir en ella. El dolor apenas me permitía mantenerme consciente mientras me tambaleaba en la espalda de aquel jinete de Lagash y el ruido del río absorbía cualquier sonido que proviniera de la realidad.

2 comentarios:

Friki nivel 21 dijo...

El fuego quema? Me ha gustado mucho el combate Luis. Felicidades y perdona por el retraso.

Luar de inverno dijo...

Creo que nos estás machacando al pobre Eneasun sin motivo, déjalo respirar un poco que lo vas a acabar matando. Echo de menos a Dela y esa parte romantica y dulce. Un beso.