Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Proyecto Novela Épica (20ª parte)

Aquí os dejo una nueva parte de este proyecto de aprendizaje literario. He pensado mucho el título porque no queía dar información y dejar un poco la sorpresa pero finalmente me he decantado por se claro posiblemente si consigo escribir la novela seria que tengo en mente (algún día) las diferentes partes de la misma no tengan título para no dar información previa a lector aunque este concepto también tiene cosas buenas.

Reencuentro

La claridad lo inundaba todo, esa luz blanca que te molesta cuando te has quedado dormido y la mañana avanza dejando atrás los sueños y la oscuridad de la noche. Esa luz cálida de la que no se puede escapar porque todo lo inunda con la llegada de un nuevo día.

El sol se colaba por las ventanas acristaladas de la estancia llenándolo todo de oro. A mí alrededor todo era puro, de un blanco virginal, inmaculado. Mis ojos se abrían y cerraban por la intensidad de la luz pero pude contemplar y luego organizar en mi mente una serie de pequeñas camas con sábanas blancas alineadas por toda la habitación, serían unas ocho en cada pared. A su lado había unas mesitas de un marrón claro y algunas sillas. Las paredes eran de mármol blanco, sólo mirarlas fijamente me obligaba a cerrar los ojos por la claridad. ¿Dónde estaba? ¿Qué había sucedido?... algunas preguntas venían a mi mente mientras mi cerebro intentaba ordenar los recuerdos buscando un poco de sentido al caos del pasado.

Me sorprende como con el tiempo cuando uno mira hacia atrás recuerda las cosas de una forma compleja y extraña. Los recuerdos se amontonan caóticamente, sin orden aparente, sin fechas ni referencias apreciables a simple vista. Es necesario adentrarse en cada uno, bañarse con sus matices, con su contenido para poder colocarlo de forma imprecisa en le línea de tiempo de tu vida y, al mismo tiempo, no son realmente tus recuerdos, es decir, no es exactamente lo que has vivido sino una interpretación personal de esas vivencias como si fuéramos los narradores de una historia que nos han contado y a la que vamos añadiendo pequeñas aportaciones literarias enfatizando algunos matices de la misma u omitiendo otros.

Mis pupilas se fueron encogiendo hasta que se adaptaron al sol de una mañana despejada. La habitación no se diferenciaba mucho de la imagen creada por mi cerebro con las pequeñas cantidades de datos que mis ojos iban recogiendo con cada parpadeo.

Estaba entero o eso parecía. Una cama con sábanas blancas aún húmedas por el sudor. A mi lado un trapo mojado se había escurrido de mi frente y había ido a parar a la almohada. A mi lado, sobre la silla de madera clara, estaba una túnica blanca y azul, unos pantalones de ese mismo color, unos calzones, calcetines de lana y una camisa blanca. Era una túnica de Elam. También había unos zapatos de cuero y un cinturón, con una espada, enganchado en el respaldo. Al fondo de la habitación había una puerta de madera, el suelo dejaba de ser de madera para ser de piedra, seguramente sea una especie de baño.

Intenté levantarme mientras miraba por la ventana. Desde aquella cama se podía ver un cielo azul celeste. Estaba débil, cansado… mi intento se frustró mientras mi codo derecho crujía. Me desplomé nuevamente sobre la cama. La luz iluminaba mi vista atravesando los párpados cerrados. Un dolor que no es dolor se extendía por mi brazo desde el codo, una sensación difícil de describir que te atenaza y te impide moverte. Al cabo de unos segundos, recuperado, me incorporé despacito y recogiendo una toalla blanca que había sobre una de las camas me dirigí hacia la puerta.

Mi intuición no había fallado. Era un baño, una serie de piletas con agua que ya estaba fría y un lugar para depositar las necesidades.

Al introducirme en el recipiente un escalofrío ascendió por mis piernas pasando por mi espalda hasta perderse por encima de mi cabeza, el agua estaba helada pero resucitaba mis músculos atenazados por los esfuerzos de la fiebre y el viaje. En uno de los salientes de la pared de piedra pulida, justo al lado de la gran baldeta, había un trozo de jabón con el que limpié mi cuerpo desnudo. La suciedad de semanas de camino se iba despegando poco a poco al mismo tiempo que el frío me iba calando entero.

Acabado mi baño, me sequé y volví a la cama. Estaba bastante débil pero seguía en pie. Me vestí despacio. Mientras el sol que entraba por la ventana me calentaba. Aquellas ropas me quedaban muy bien, tenían un buen corte y bastante estilo, además eran cómodas y ligeras. El tejido no era ni demasiado gruesas ni demasiado delgadas lo justo como para no tener ni frío ni calor por culpa de la ropa. Ceñí el cinturón a mi cintura y a mi hombro y coloqué aquella espada en su vaina. Era una espada sencilla, ni muy ligera ni muy pesada, sin adornos y al mismo tiempo con unas líneas muy definidas y elaboradas.

─ Un caballero de Elam, ¡ja!

Crucé la habitación con paso firme en busca de la salida. Tenía que recuperar mis cosas y llevar un mensaje. Esa era mi misión y debía darme prisa pero, cuando estaba cerca de la puerta, pude verla...

─ Dela.

Sí, era ella. Estaba en la terraza de aquella especie de enfermería. Llevaba una túnica azul de Elam ajustada y el pelo recogido en una coleta trenzada, ese pelo largo y castaño que había visto ondear al viento hace tiempo una noche de luna llena. Mi corazón latía cada vez más rápido. Un par de pasos y estaba pegado a la puerta acristalada que separaba la habitación de la terraza.

Desde aquella terraza se podía contemplar el mar extenderse hasta el horizonte y las velas blancas de los barcos de Elam que venían o partían del puerto. La brisa refrescaba mi cara mientras el sol calentaba mi cuerpo.

Ahora podía verla por completo. Estaba en el centro de la terraza. A su alrededor el agua bailaba al ritmo que marcaban sus manos, como si danzaran con ella. Sus brazos se deslizaban por el aire livianos y suaves, sus manos trazaban signos dulces y bellos y su cuerpo giraba lentamente sobre sus pies.

Una serie de movimientos perfectamente coordinados de una coreografía precisa y al mismo tiempo bella para hacer del agua un esclavo temporal. Ese era el poder de su magia. El control del agua, el elemento que fluye. Para controlar el agua hay que dejar que los sentimientos fluyan como ella, dejarse llevar.

Verla allí, tan bella, alzando los brazos de una forma tan sutil, viendo el agua danzar a su alrededor cambiando de forma a su antojo, girando y moldeándose al ritmo de sus manos. Estaba preciosa. El sol brillaba en el agua proporcionando un aura de luz que envolvía su baile. Nunca había visto una chica así. Bailaba con el agua mientras sus labios pronunciaban palabras mágicas que no llegaban a mis oídos.

El agua, antes dispersa en pequeñas esferas del tamaño de un puño que danzaban a su alrededor, se agrupó en una informe masa que se movía al ritmo de sus dos brazos. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. El agua pasaba de un lado a otro de su cuerpo justo por delante de su cara. Sus manos abiertas moldeaban levemente la forma del agua. Izquierda, derecha y sus brazos se lanzaron violentamente hacia delante mientras su tono de voz se elevaba.

El agua se disparó contra un muñeco de paja que había colocado al fondo de la terraza, hasta aquel mismo momento había pasado desapercibido para mi. Era un muñeco de entrenamiento. Aquel bloque de agua voladora lo golpeó violentamente mientras Dela cerraba el puño. Ante mis ojos el agua se congeló encerrando a aquel pelele en una prisión de hielo. Ningún enemigo podría librarse de aquel abrazo polar.

La expresión de Dela había cambiado de la dulzura del baila a la dureza del combate pero poco a poco se fue relajando. Abrió de nuevo la mano y con movimientos cortos, lentos y suaves el hielo se fue derritiendo hasta convertirse en agua y sin tocar el suelo agrupado de nuevo en una única masa rodeó a Dela girando al ritmo de sus movimientos hasta que con un gesto de desdén en forma de manotazo hacia un costado el agua se estampó contra el suelo de piedra.

─ ¿Eneasun? ¿Qué haces levantado? ─ en su cara se podía ver una sonrisa.

Caminé hacia ella y mientras la abrazaba no pude reprimir el deseo de besarla. Nuestros labios se fundieron, nuestros brazos atenazaban nuestros cuerpos con fuerza. Los corazones se desbocaban y una sensación de paz y felicidad recobraba fuerza en mi alma. Aquel beso lento, suave y largo me devolvía las fuerzas que el camino había gastado.

─ Tranquila, princesa. ─ no pude evitar la ironía.

─ ¿Princesa? Jajaja ─ su risa era como una melodía de marineros que vuelven a casa. ─ me tenías preocupada.

Lo siento pero es difícil enviar noticias en estos momentos y más cuando es uno mismo el que cumple con la tarea de mensajero.

¡Boh! Te echaba de menos, idiota. ─ decía mientras se abrazaba a mí.

¿Sigue en pié lo de cambiar el mundo?

Es posible. ─ su sonrisa era la cosa más bonita que había visto nunca. No pude evitar sonreír.

─ ¡Eneasun! ─ el tono de aquel hombre cambió totalmente al ver a Dela ─ Su majestad el consejo de la Hermandad os espera, no hay tiempo que peder.

4 comentarios:

Tania dijo...

Bonito reencuentro :)

Friki nivel 21 dijo...

Y de nuevo Dela seguro que se acaban las batalas NENAZA

Anónimo dijo...

la historia continua felicidades luis por tanta improvisacion

Luar de inverno dijo...

Nos tienes al pobre Eneasun machacado