Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Proyecto Novela Épica (22ª parte)

De nuevo al norte

A la mañana siguiente cuando el sol apenas se asomaba en el lejano oriente, más allá de las llanura de Lagash, de las Montañas Kronem y los mares de árboles de Elos yo ya llevaba horas listo, esperando en la enfermería a que vinieran a buscarme para comparecer ante el consejo de la Hermandad.

Unos pasos por el pasillo. Pesados y constantes. Un paso firme y decidido. La puerta que se abre y un rostro cansado por los inviernos que me mira con indeferencia.

─ Eneasun, el consejo te espera.

Recorrimos nuevamente aquella muralla, la ciudad no dormía, había demasiadas cosas que hacer… Al acercarnos a una de las puertas, la sur, pude ver como unos doscientos hombres marchaban en línea de a cuatro por el camino que conducía al río.

─ ¿A donde van? ─ pregunté con una voz suave mientras mi vista se perdía en el rojo de la pradera y en el reflejo del fuego del sol naciente en el agua del río.

─ Son los sustitutos de la guardia de la puerta de la puerta del sur.

─ ¿Sustitutos? ¿Te refieres a un relevo, no?

─ Podrías llamarlo así a relevar a los muertos. Cada mañana salen tantos hombres como han muerto el día anterior para mantener las defensas de Elam. Es un precio muy alto por un tiempo tan escaso que se consigue.

No podía creerlo, doscientos hombres en un día y eso sólo en una de las fortalezas que protegen los pasos, las puertas de Elam.

─ Otros tantos saldrán hacia el norte y el este, cuatro pasos debemos defender a cualquier precio, por elevado que sea. ─ su voz parecía vacilar, como sopesando el precio y el sacrificio.

Continuamos por las calles hasta llegar a la Academia. Era un edificio enorme rodeado por un pequeño muro de piedra que lo aislaba de la ciudad. Una única puerta de madera permitía salir y entrar de aquellas instalaciones de meditación y entrenamiento donde había pasado los primeros años de mi vida como vigilante.

Al cruzar el arco desgastado de la puerta los recuerdos de aquellos años de niñez me inundaron durante unos segundos. No había cambiado mucho aunque se notaba que la presión sobre los jóvenes había aumentando, en mi época no se entrenaba tan temprano y las plazas de tierra estaban llenas de alumnos que ejercitaban sus artes, bien con las armas bien con el saber y el control de la magia.

Resultaba impresionan ver a aquellos alumnos controlando al unísono el agua de la fuente, dibujando formas con ella y haciéndolas girar a su alrededor en un baile acompasado, serían unos veinte chicos de unos doce años. Otros esgrimían lanzas y espadas mientras repetían una y otra vez los mismos movimientos, las mismas estocadas bajo las órdenes del instructor.

─ ¡Uno! ─ los jóvenes espadachines retrocedían el pie derecho y situaban la espada a media altura paralela al suelo.

─ ¡Dos! ─ adelantaban el pie y con la fuerza del brazo y del peso de su cuerpo en movimiento soltaban una estocada horizontal.

─ ¡Tres! ─ retrocedían el pié izquierdo y hacían girar su espada hacia la izquierda bajando su punto mientras levantaban la mano.

─ ¡Cuatro! ─ atacaban con las dos manos de arriba hacia abajo utilizando toda la fuerza disponible.

Recuerdo aquellas interminables lecciones y el dolor en todo el cuerpo que te atenazaba por las noches. Continuamos andando hasta que entramos en el edificio principal. En aquel edificio se encontraban las salas de reuniones, la biblioteca y algunas estancias de carácter común para el descanso de los vigilantes.

Aquel anciano me acompañó hasta el salón principal cruzando pasillos llenos de armas y escudos, banderas y tapices de batallas y combates. La luz entraba por pequeños agujeros alargados de no mas de dos dedos de ancho en la fría pared, luz apoyada por grandes antorchas que custodiaban las reliquias del pasado.

─ Hasta aquí tenía que acompañarte. Se raudo, entra, llevan tiempo esperándote.

─ Gracias hermano. ─ dije mientras bajaba mi cabeza en señal de respeto.

Crucé aquellas puertas de madera adornadas con motivos de dragones y entré en el salón. Era una estancia totalmente vacía. Una mesa en el centro y todas sus paredes de piedra estaban libres de adornos menos una sobre la que estaba pintado un mural lleno de caballeros a lomos de dragones sobre una ciudad ardiendo. A los lados de la mesas cuatro hermanos me esperaban.

─ Salu…. ─ me interrumpió el gran maestre diciendo:

─ Buenos días joven Eneasun, acércate para que podamos empezar. ─ me acerqué lentamente mientras observaba sus caras. Eran los miembros más ancianos del consejo, eso sin duda. El gran maestre que debería tener unos ochenta años, un elfo de aspecto altivo y adulto, si fuera un hombre diría que tiene cincuenta años por lo menos, un enano de piel clara y barba blanca y otro hombre encorvado y triste.

─ Comencemos, la realidad es grave, somos muy viejos o muy jóvenes para seguir defendiendo esta tierra. Todos los caballeros en disposición de combatir están en primera línea ya o han caído luchando.

Sobre la mesa se encontraba un mapa de todo el continente con diferentes piezas distribuidas, sin duda eran puntos de resistencia donde aún quedaba esperanza. Mi mirada buscó en el norte el martillo de Thorak pero no pude encontrarlo, lo daban por muerto. No pude evitar entristecerme…

─ Estamos contra la pared. Las puertas de Elam no resistirán por mucho tiempo más, cada día envían seiscientos hombres a reforzarlas, es un precio muy alto y que no podremos pagar eternamente. Tenemos que cambiar de estrategia. Los nobles y reyes de todos los reinos no se ponen de acuerdo y no lo van a hacer, unos se quedarán a morir, otros huirán. Qué mas da… lo importante es que atajemos este mal porque para eso hemos jurado proteger del mal esta tierra hasta la última gota de sangre.

Estaba perplejo, no se que hacía yo en aquella reunión si apenas era un caballero, no hacía mucho que había hecho el juramente y había abandonado la academia.

─ Eneasun, tenemos una misión para ti. Eres ahora mismo el hermano mejor preparado que tenemos disponible. En esta casa apenas nos quedan viejos maestros y ancianos. Depositamos en ti nuestra última esperanza.

─ ¡¿Cómo?! ¡No puede ser!

─ Tranquilo muchacho. ─ interrumpió aquel viejo enano ─ no te amargues antes de tiempo, nosotros seguiremos aquí entrenando a los niños, debemos prepararlos para presentar batalla al fuego de los titanes, tan sólo queremos que comandes una expedición al norte.

─ ¿Al norte?

Aquel esplendoroso elfo se giró y mientras sujetaba un soldadito en la mano dijo:

─ Si, en el norte siguen resistiendo los enanos, sabemos que tienen un fuerte fortificado en la costa, deberás llevarles un objeto que les ayudará a contener al mal. ─ al acabar lo colocó de nuevo sobre una montaña al sureste, era un pequeño enano de madera.

Continuó el gran maestre.

─ Debemos intentarlo una vez más. Los enanos han fracasado en su intento de cerrar la Fragua de los Titanes por varios motivos. En primer lugar esas puertas no sirven de nada una vez abiertas pues no es su material el que mantenía encerrado el fuego sino la magia de sus constructores. El segundo fue intentar construir una puerta, ningún material resistiría el fuego de los Titanes, ninguno. Bueno, ninguno que no haya sido fundido por ellos mismos.

─ Decidme que queréis de mi y dejaré mi vida por cumplir lo que mandéis. ─ dije mientras contemplaba como el mapa apenas tenía figuras. Algunas pequeñas y dispersas en las montañas o en zonas aisladas, unos puertos al sur en las tierras desérticas y el asediado Elam.

─ Te asignaremos cuatro compañeros, los mejores entre los reclutas, hubieran jurado a finales de este año con casi total seguridad. Cogeréis uno de los barcos de los bárbaros del norte, son duros y rápidos.

Tendremos uno preparado antes de la siguiente marea. ─ interrumpió al gran maestre el enano.

─ Deberéis llevar un pequeño paquete a los herreros de las montañas, con ese material podrán forjar una puerta capaz de contener el fuego. Viajareis ligeros, ni las armaduras más pesadas pueden protegeros del fuego. Ser rápidos pues nuestro destino depende de vosotros. Os marchareis durante la noche, no queremos que os vean partir hay orden de que ningún barco abandone el puerto por si es necesario evacuar la ciudad, lo último que deseamos es una discusión con la asamblea de reyezuelos y mandatarios.

Que los dioses de enanos, elfos y hombres te protejan. ─ añadió aquel viejo enano de aspecto fiero y mirada penetrante mientras se rascaba la barba.

Cuando me dirigía a la salida, el cuarto asistente que no había pronunciado ni una palabra y que parecía distraído, como ensimismado en el mapa, se acercó a mí.

─ ¡Niño! No sabes que males se pueden cruzar en tu camino, debes estar preparado y concentrado. Dirígete a la armería y coge lo que necesites. ─ me dio dos palmadas en la espalda y se alejó por el pasillo en dirección a la biblioteca.

Abandoné el edificio principal y me dirigí a la herrería cruzando las plazas de entrenamiento y el jardín. Durante ese paseo iba pensando en lo que me esperaba…

Creo que no debería afeitarme, en el norte haría frío. Lo mejor para ir ligero y rápido sería llevar una armadura de cuero para reducir el peso al máximo, además el acero no sirve de mucho así que se puede prescindir del peso de cualquier armadura. Creo que también debería llevar una buena capa que abrigue, guantes y calcetines de lana. En cuanto a las armas… no se… con una espada y un cuchillo sería mas que suficiente. Llevaría un arco pero no son muy efectivos y no creo que haya nada que cazar. Debería llevar bastante comida seca o ahumada. Eso sería lo más sensato. La nieve nos dará agua, no tendremos que cargar con ella. Pero creo que no nos va a quedar mas remedio que andar porque será imposible encontrar comida para un caballo o una mula. Va a ser duro…Un buen cinturón para llevar algunas herramientas básicas, unas antorchas y un poco de madera seca y listo, no necesitaré nada más.

1 comentarios:

Friki nivel 21 dijo...

Putadon