Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Una noche de verano


El sol mortecino envía sus últimos rayos de luz antes del ocaso. Se cuelan esquivos por la ventana, sopla una brisa fresca en un día cálido como un suspiro de aire para el sofocado.

El mar, sin oleaje, plácido, adormecido como un animal manso y tranquilo en la hora de la siesta.

Descanso sobre un sofá amarillento en un pequeño salón de refugio y sueño. Mientras la televisión escupía un programa sin guión ni argumento ella estaba tumbada sobre mis piernas. Cansada del sol, de la playa del calor de esos días de agosto que se hacen largos entre el agua y la arena.

La observaba constantemente. Su silueta, su mirada perdida en la nada. Su mano juguetona empeñada en rizar un pelo liso. Era preciosa.

De vez en cuando y sin previo aviso una mirada se encontraba y un diálogo de sonrisas cruzaba el escaso espacio entre nosotros. Miradas fugaces, sonrisas sinceras, sentimientos que se pueden observar a simple vista, que todo el mundo puede ver, que no son ningún secreto.

Esa pasión contenida en los ojos que recorre tu piel erizándola. Ese deseo que nace en los sentimientos y que se acumula en los lugares más calientes, más prohibidos, más ocultos.

La ropa, pegada a su cuerpo por el calor, permitía que toda su silueta fuera visible. Desnuda pero vestida mis ojos se bañaban en su piel apenas cubierta por una camisa de lino.

Ahí estábamos, tumbados, mirándonos cada pocos segundos sin poder dejar de sonreír. Poco a poco la habitación desapareció, la carretera, el aparcamiento casi vacío que nos separaba de la playa… incluso el mar y el cielo, tan solo pequeños rayos de luz anaranjada y el sonido distante de un oleaje anciano.

Mi mirada se posó sobre sus piernas blancas por la falta de sol durante el invierno. Suaves y esbeltas. El deseo ordenó a mi mano que la siguiera y de esa forma comencé a acariciar su piel suave y tersa, caliente y fría al mismo tiempo.

Ella me miraba como preguntando qué estaba haciendo pero la sonrisa de su boca decía que sabía perfectamente hacia donde nos dirigíamos. Suave, liviano, lento… disfrutando de cada milímetro de piel erizada, de tacto suave.

Mi mano fue ascendiendo por el muslo hasta llegar a la ingle, pasó lentamente sobre las braguitas blancas y azules a rayas mientras el pulso se me aceleraba y ella, atenta a toda la precisa maniobra no podía dejar de mirarme a los ojos.

La respiración se me cortaba y el pulso deseoso del contacto más íntimo se perdía por compases imposibles para un batería con doble bombo. Su sonrisa conocedora del futuro, su mirada ahora lasciva y mi mano acariciando su ombligo por debajo de la camisa eran como un barco abriéndose camino por un mar helado, rompiendo todo a su paso para llegar al sur, al calor, al placer.
Lentamente y en silencio, como un ladrón de guante blanco mi manó se coló por debajo de sus braguitas mientras un jadeo se escapaba de su cuerpo en tensión, un mordisco ligero en sus labios y una mirada eléctrica.

El tacto caliente de los dedos que rozan, que bajan lentamente que se posan sobre puntos prohibidos y presionan produciendo sensaciones indefinibles. Sensaciones que excitan, que dan placer, que incluso duelen, sensaciones que llevan a la locura y la extenuación.

El movimiento continuo y suave, la respiración en aumento, los jadeos obligados los movimientos de cadera. La pregunta antes formulada en silencio. ¿Qué haces? Entre gemidos ahogados, rodeada de un placer que te llena. Una sonrisa cómplice la presión precisa de un dedo el movimiento continuo de la muñeca. Los botones que se desabrochan y una mano que acaricia un pecho sin protección con delicadeza.

Caricias, placer, movimiento. Caricias que rozan, pulso desbocado, respiraciones desesperadas. Ver como se estira, como se contrae cerrando las piernas mientras su espalda se curva y su mirada se pierde en el techo. Jadeos que se convierten en gemidos. Placer abierto, público, que recorre el aire inundándolo todo.

El roce se convierte en presión, en choque, los jadeos en gemidos continuos, la presión en profundidad y su cuerpo se estira y contrae al ritmo que le marco.

La humedad aumenta hasta un punto inconfesable, los gemidos mueren y su cuerpo se estira agotado por el éxtasis de las caricias. Gemidos. Gemidos de placer. La miro fijamente como quien ve por primera vez al amor de su vida. Ella, suplica con la mirada mientras se aferra a mis piernas. Que pare, que siga, aun no lo ha decidido pero las sensaciones tan profundas, tan intensas le impulsan a suplicar incluso sin saber que quiere.

El clímax es alcanzado nuevamente y donde un orgasmo muerte otro nace mientras la mano golpea frenéticamente su entrepierna. Ella gime, gemidos que gritan, que se rompen que se ahogan por la falta  de aire en los pulmones. Gemidos que agotan que rompen que destruyen un cuerpo inundado de placer.

Movimiento rápido, continuo. ¿Dolor o placer? Difícil respuesta. Otro orgasmo y sus uñas se clavan en mi piernas y… cuando seis son demasiados la tensión explota.

Ella se levanta ante mi mirada sorprendida. Me empuja contra el respaldo del sofá mientras me desnuda con los ojos, me come con sus labios húmedos y me destroza con sus caderas.

Se sube sobre mí y me besa apasionadamente. De esos besos lentos pero fuertes que duran lo que dura el deseo entre dos personas y que en este caso parecen ser eternos.

Me acuesta sobre el sofá, me arranca con fuerza y brusquedad los pantalones y me mira con esas miradas de mujer que son lascivas y cálidas. Una mirada capaz de excitar por si sola a un hombre.

Se muerde el labio. Agarra mi pene con la mano y sonríe mirándole directamente. Despacio, sin prisa, jugando con la expresión, haciéndose desear, produciendo en mí la mayor expectación y deseo me lame cuidadosamente mientras yo me estiro y gimo.

Ella juega lento, de un lado a otro, primero despacio como saboreando luego rápido y concentrado, en círculos y de arriba abajo por encima y por debajo. Volviéndome loco, desesperándome, jugando con la resistencia al placerdolor.

Los círculos continúan mientras gimo. La tensión se desplaza a mi cadera que toma la iniciativa subiendo y bajando al mismo ritmo. Un movimiento involuntario y placentero al mismo tiempo. Mi mano se aferra a su pelo. Los gemidos se ahogan el dolor supera la realidad y yo me estiro gimiendo mientras mi cuerpo pierde el control.

Abajo, arriba, abajo, arriba, abajo, arriba. Ella baja y sube mientras me come produciendo que el éxtasis suba por mis piernas y que recorra mi ingle subiendo por mi pene con intención de ser expulsado con fuerza. El placer es muy intenso y yo me pierdo hasta la locura agarrando su pelo.

Unas palabras desesperadas, el triunfo de la razón sobre la pasión. Palabras arrancadas de una victoria sobre el placer, de una lucha interna entre el respeto y el instinto. Palabras que no quiere uno pronunciar, imposibles, temerarias pero necesarias ¡Para, para, dios!

Una mirada sorprendida, una mano que aprieta mientras desciende la cadencia del movimiento. Ella se levanta sonriendo con los labios empapados de saliva. Acaricia mi pecho y me besa con prisa, con fuerza, con pasión. Besos cortos y contundentes que pretenden desatar una lucha de pasiones.

Brusco pero son suavidad como todos los juegos de cama, un brazo por la espalda, otro en su mulso, un giro seco y su espalda golpea el suelo.

Abrazados, besándonos, rodando por un suelo de parqué plastificado. La pasión es la fuerza de las manos que se clavan en la carne, la presión de los dientes en el cuelo de las caderas entrelazadas.

Mi lengua baja y sube por su cuello mientras ella gime. Las piernas se abren y me dejan entrar. Facilitando lo inevitable.

No podría decir en que momento de pasión le arranqué las braguitas pero desnudos sobre aquel suelo caliente por el sol mi único pensamiento era ella.

Presión lateral, placer contenido, roce cariñoso, suave, poco a poco. Saliendo y entrando ligeramente en un mundo húmedo y caliente. Movimientos precisos y delicados que poco a poco se convierten en fuertes ataques de un salvaje perdido.

Los gemidos pronto dejan de ser gemidos para ser gritos ahogados por el sexo. Sus manos se aferran a mi pelo, a mi espalda, a mis piernas. La desesperación del placer, los golpes en la cadera, la humedad que te rodea y te excita.

Sus gemidos llegan al orgasmo mientras aumento la cadencia del movimiento, como si de una obra musical se tratara, un principio suave y lento, un cuerpo intenso y rápido y un final de locura y perdición donde la percusión se romperá o el recital no podrá terminar.

Sus gemidos me pierden, su humedad me excita. La razón se escapa de mi cuerpo caliente y sudoroso. La humedad de sus orgasmos enlazados, el éxtasis expresado por su cuerpo, por sus gemidos, por su mirada rota de placer.

Humedades que se mezclan mientras soy yo el que gime ahora. Últimos coletazos de una  fuerza que se expulsa, gemidos compartidos en un orgasmo acompasado, un orgasmo que comienza con el de ella que continúo yo y que termina nuevamente ella.

Derrotado me empuja. Una espalda sudada que toca el suelo. Me mira, sonríe, se muerde el labio. Su cuerpo delicado y esbelto sube desatando el deseo.
                                                                                        
La humedad de nuevo, el calor se comparte. Se mueve, excitación, el placer de ser controlado, el descanso de estar debajo mientras ella se pierde con tu cuerpo, se da placer mientras gime, mientras se agota en un movimiento de caderas.

Sonrío mientras la veo gemir, mientras noto el cambio de ritmo, como su cadera se acelera y acelera. Sonrío jadeando mientras se corre. Gimo mientras la veo retomar el ritmo perdido por veinte segundos de placer extremo.

Gimo mientras ella se mueve, mientras me destroza. Ella re rompe sobre mis caderas, agotada, sudando. Su pelo revuelto le cubre parcialmente la cara y el pecho. No puedo dejar de mirarla, su  cuerpo me hipnotiza. Es preciosa, nunca he conocido una chica tan bonita, tan sexy que sea capaz de excitarme tanto, es una pena que ella no lo sepa, no lo asuma, no lo crea.

El movimiento se rompe mientras ella gime, mientras ella se corre mirando al techo sobre el suelo de aquel salón.

La agarro y la tumbo boca abajo. Me digo a mi mismo que esto no ha acabado mientras le subo las piernas colocándolas sobre mis hombros.

Presión, dureza, golpes secos entre las caderas que resuenan en el silencio del entierro del sol. Apenas un poco de luz logra alcanzar la ventana.

Los gemidos se ahogan en una mirada rota, en una expresión destruida. El placer es tan intenso que no puede evitar que los orgasmos se entrelacen, que se complementen que no se pueda diferenciar uno de otro. Que mientras el primero está transcurriendo el segundo se le una fundiéndose en un orgasmo muchos más intenso y al mismo tiempo el tercero llegue en el momento justo para que el placer no decaiga.

Los gemidos continúan mientras bajo sus piernas cumpliendo lo que me suplica su mirada, su boca rota, su pelo revuelto y sus uñas clavas en mi espalda.

La velocidad aumenta, renunciado a la presión es la velocidad la encargada del placer. Ambos gemimos abrazados hasta que yo, cansado por el esfuerzo y el roce rompo en un orgasmo largo y caudaloso.

Ella, al verme me tumba con cuidado de que nada se salga de su sitio y me monta con fuerza, con dureza, con malicia.

Yo muero debajo de su cadera, con el movimiento de sus piernas. El placer se mezcla con el dolor y éste con gemidos ahogados y jadeos por falta de respiración.

Mi orgasmo se multiplica, se alarga. Ni siquiera se como describir esa sensación de extenuación y muerte, de placer extremo que te impide moverte mientras te corres y te corres por el ataque violento de una amante juguetona.

Finalmente los gemidos se acompasan y cuando sus fuerzas desaparecen nos corremos mientras miramos al techo.

Ella se que sentada sobre mis rodillas, estirada, jadeando. Con esa respiración que necesita reparaciones. Yo, tumbado en el suelo, roto, agotado la miro.

Es preciosa, sonríe mientras me mira. Está contenta por haberme roto, satisfecha como si lo único importante fuera que yo disfrutara. Sensación compartida desde hace muchos meses donde los juegos siempre llevan como misión el placer del ser amado.

La empujo con violencia contra el suelo. Me subo. Me vengo.

Mi pene se introduce con dureza entre sus piernas. Ella suelta un grito, un gemido desesperado mientras se tensa y estira al ritmo brutal de mis ataques. Gime, gimo, gime, gimo, nos destrozamos con mis últimas fuerzas.

Gime, destrozada por la fuerza de un amante vengativo. Yo sonrío entre jadeos, entre gemidos.

Le doy la vuelta, contra el sofá. Su cuerpo agachado, sus piernas juntas y ese culito precioso.

Ella coge mi pene y busca la entrada al mundo del placer. La dureza de la entrada. Sentir las paredes húmedas de su cuerpo desde el otro lado. La presión.

Fuerte, duro, contundente. Notar como se rompe aunque no pueda verla. Como los gemidos no suenan en una garganta rota, en unos pulmones sin aire para poder emitir sonido.

Mis manos se aferran a sus caderas aumentando la violencia. Los gemidos se ahogan en mordiscos del cojín, del sofá.

Su cuerpo se estira, suba levemente y luego cae sobre el suelo.

¿Dolor o placer? Placer intenso, perdición extrema. Ella se corre en silencio. Apenas puedo notarlo si no fuera por la humedad que aumenta entre sus piernas como su un escape de una tubería se tratara. Un chorro húmedo y caliente que golpea mi pene y que me moja.

Gemidos, golpes, dureza de un ritmo de locura. Otro orgasmo y me derrumbo besando su cuello. Agotado.

Tumbado sobre ella, sudando. Intentando recuperar una respiración rota, un pulso agotado y una razón perdida.

Ella no puede soportar más placer. Tumbada y agotada. Jadea mientras los últimos coletazos del orgasmo aun la perturban. ¡Dios, buff!

Dos amantes agotados en una tarde de verano que se van sin cenar a la cama, abrazados mientras el sol desaparece en el horizonte y la noche llega.

Minutos de descanso, pulsos que vuelven a la normalidad, respiraciones que se calman, cuerpos que se enfrían lentamente y pasión que se convierte en cariño. Abrazados, acurrucados como si fueran uno mientras la luna baña una playa larga y desierta. El viento aún cálido de una noche que no ha hecho más que empezar baña sus pieles blancas. Las estrellas iluminan el cielo, puntos incandescentes que no son otra cosa que el eco de tiempos pasados en lugares distantes.

El silencio del mar, ese silencio acompasado de oleaje. El calor de su cuerpo, la suavidad de su piel, el olor de su pelo que lo envuelve todo.

Me acerco mas, el contacto es total. Nuestros cuerpos pegados intercambian sensaciones y calor. Noto el tacto suave de sus piernas con mi mano, subo rozando su cadera hasta su hombro. La acaricio al ritmo de las olas, arriba, abajo, arriba, abajo. Mi respiración aumenta en su oído al ritmo que la excitación se acumula entre mis piernas.

Ella se estira, su respiración aumenta y cierra los ojos con cada caricia. El tacto húmedo que aterriza sobre la base de su cuello. Las caricias que suben y bajan lentamente erizando a su paso cada poro de piel.

Mi lengua recorre su cuello sin prisas mientras la marea desciende lentamente hacia sus piernas. Su respiración se desboca. Mi lengua sube por su cuello y muerdo su oreja, ella jadea mientras se estira pegándose a mi cuerpo, duro, tenso, excitado.

Mi mano alcanza su entrepierna, suave, lenta, acompasada con las caricias y con el ritmo de mi lengua en su cuello. Agarrado a su espalda, abrazados como si fuéramos uno la acaricio con las manos y con la boca.

Los dedos del mar se sumergen en la desesperación del placer mientras mi cadera golpea su espalda. Ella gime excitada. Mi respiración se hace sonora mientras mi corazón late al ritmo de su placer.

Mis manos tocándola, mi lengua besando su cuello y su hombro. Su cuerpo es una perdición, un deseo inaguantable.

El roce suave de mi dedo sobre su clítoris, la respiración excitada en su oreja, el orgasmo mientras se estira contra mí rozándonos mientras el placer de su piel se extiende por mi entrepierna.

La veo mirándome, sus ojos clavados en los míos mientras su pecho se desboca bajo mi mano. Mi pene totalmente duro golpea involuntariamente sus nalgas. Ella, completamente desnuda jadea sobre la cama.

La luz de la luna entra por la ventana iluminando su mirada. La miro mientras un nuevo orgasmo se sucede entre sus piernas. La giro y me tumbo encima.

Nos besamos lentamente y desciendo sin prisas de nuevo a su cuello mientras la luna desaparece detrás de una nube. La habitación se va con ella y la oscuridad lo cubre todo. Oscuridad total como si la luna con su huída nos hubiera vendado.

Los besos descienden por lo laterales de su cuerpo, juguetean alrededor de su ombligo, de sus pechos zigzagueando por su piel, bajando por su cadera. Se escucha una respiración desesperada. Te deseo hasta un punto cercano a la locura.

La luna se ha ido, no está, la oscuridad le impide ver, todos los sentidos se agudizan y nota como mis dedos esquivos juegan por todo su cuerpo, como mi lengua aparece y desaparece golpeando con suavidad los lugares más insospechados.

Ella desespera de deseo, la necesidad de ser tocada, de sentirse mía. Mis jadeos sobre su cuerpo erizan su piel, la excitan, la pierden.

Un beso en el cuello, una caricia por el interior del muslo, un beso en el ombligo, el roce sutil y liviano de un dedo sobre los labios, la lengua en un pecho, una mano que aprieta, la respiración jadeante sobre su entrepierna rozándote como si de un viento pasajero se tratara.

Ella gime mientras mi lengua se posa en el interior de su muslo derecho. Despacio, pretendiendo no llegar demasiado pronto subo lamiendo hacia la perdición. Jadea mientras subo lentamente. Quizá demasiado lento para sus intereses y al mismo tiempo demasiado rápido para los míos.

Ella desea que llegue pero es un deseo descontrolado, es locura pasional que no desaparece. Jadea y vuelve a jadea, su cadera se mueve involuntariamente y de repente gime ahogadamente mientras se estira en la oscuridad clavando las uñas en la almohada.

Mi lengua hace acto de presencia en el lugar más húmedo y caliente del mundo. Te lame, te roza, te vuelve loca. La excitación aumenta y el placer se hace insoportable mientras mi lengua traza una recta descendente, o ascendente, dependiendo del observador a un ritmo lento pero constante. Cada vez que mi lengua llega a su destino superior ella gime. Gemidos que van en aumento a ritmo exponencial.

Ella se retuerce agarrada a la almohada mientras mi lengua, suave, caliente y húmeda resbala por sus labios lentamente, de arriba abajo jugando con su clítoris con cada pasada. Gime al ritmo que le impongo.

Los minutos de placer se suceden mientras la excitación aumenta, sus manos se clavan en mi pelo dirigiendo mi atención hacia donde ella quiere con la intención de llegar a un orgasmo que llevo algún tiempo negándole. Me conduce más y más al interior, a las profundidades del placer donde todo empieza y acaba al mismo tiempo.

El éxtasis se alcanza y aumento la cadencia del movimiento mientras mi lengua gira en círculos, ella gime mientras se retuerce y su cadera se vuelve loca, sus manos resbalan de mi pelo y se clavan en mis hombros produciéndome un dolor ignorable.

Gime mientras el orgasmo se prolonga hasta que es sustituido por otro y luego  por otro. Noto como no puede más, el placer la inunda hasta la extenuación y, justo cuando está a punto de morir paro.

Subo lentamente sonriendo y mirándola a los ojos, unos ojos destrozados por el placer que se clavan en mi entrepierna mientras se muerde el labio. Nos besamos mientras la el mar penetra en su interior. La marea reduce la cadencia de las olas.

Uno, dos, tres… suave, lento, me introduzco en su cuerpo mientras ella gime. Sin prisa, sin brusquedad, la humedad me inunda mientras el placer nos cautiva.

Uno, dos, tres… suave, gemidos mientras el placer se concentra entre nuestras piernas. Uno, dos, tres….suave, gemidos mientras nuestras manos se acarician apasionadamente. Dos cuerpos abrazados gimiendo y disfrutando.

Beso su cuelo. Uno, dos, tres… suave, gemidos mientras desciendo por sus pechos con mi lengua.

Mecidos por el mar y lentos como el oleaje de la marea baja nuestras caderas se entrelazan. Ella gime desesperada mientras se estira.

Uno, dos, tres… suave, gemidos mientras el orgasmo llega, mientras la respiración se pierde y el placer conquista todo su cuerpo.

Mi reacción no se hace esperar, perdido por verla disfrutar aumenta el oleaje, la marea sube ahora a toda velocidad, llegando más lejos.

Uno, dos, tres, cuatro… la suavidad se ha perdido mientras los gemidos se convierten en gritos desesperados.

Mi respiración se convierte en jadeos, la pasión se rompe, el control se pierde, el placer lo desborda todo.

Uno, dos tres, cuatro, cinco… duro, fuerte, profundo, las olas chocan contra la costa produciendo un ruido intenso proveniente de sus caderas. Sus manos me aprietan y su boca se clava en mi hombro mientras se corre. Jadeo entre sus gemidos.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve… gimo mientras golpeo con todas mis fuerzas su cuerpo con mis caderas. Ella muere mientras el placer la rompe y yo la inundo jadeando y gimiendo en un éxtasis compartido y bañado en sudor.

La luna reaparece esquivando las nubes. La luz ilumina su rostro roto por el placer. Ella sonríe mientras la beso lentamente. Es, sin duda, la chica más bonita que he visto nunca.

Agotados por el esfuerzo dormimos abrazados mientras los ecos del pasado brillan en el cielo, la luna juega al escondite entre las nubes empujadas por una brisa cálida de agosto se pierde agitando la superficie de un mar adormecido por el placer de dos amantes.



6 comentarios:

Anónimo dijo...

Excitante y lleno de pasión.

Nasty. dijo...

Me gusta el cambio que has dado a tu blog, enhorabuena!
El relato es sobrecogedor, aunque tal vez para mi gusto un poco repetitivo.

Me alegro de haber vuelto y espero que te gustara mi "visión" de el túnel.

Un saludo

Nasty. dijo...

Perdona si te ha sentado mal mi comentario no me refería a eso. Quería decir que es repetitivo en cuanto al uso de adjetivos y expresiones, aunque sé que cuando se habla de un mismo tema en un texto tan extenso es inevitable repetir esas cosas.

Seare dijo...

Etiquetado en "Relatos Cortos" ¬¬

A do outro lado da xanela dijo...

Como ven o verán!

Anónimo dijo...

Buah!!
Sin palabras.