Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Construyendo República.

Vivimos un momento histórico crítico, quizá decisivo en el devenir ineludible de nuestra historia futura y presente. La cooperación no es indispensable, la disciplina y el programa de los partidos y organizaciones y el matiz inmenso de divergencias ideológicas y proyectos en construcción nos enriquecen y definen como parte de un colectivo mayor; un colectivo diverso, comprometido y activo con la sociedad que denominamos Izquierda. Pero la opinión pública, representada como esa masa heterogénea de ciudadanos despiertos, nos exige cohesión; pero sobre todo, nos exige ejemplo, tanto moral como ideológico, en la calle y en las organizaciones.

No hablo de cohesionar las fuerzas bajo una misma estructura, error tradicional y representativo de nuestra realidad como fuerzas alternativas. Hablo de construir puentes de comunicación y un programa de lucha común que, desde los diferentes baluartes políticos, podamos defender ondeando una bandera de unidad programática levantada sobre todo aquello que nos identifica como un conjunto, sobre todo aquello que compartimos y respetando todo aquello que nos separa.

En torno a las ideas republicanas, en algunos casos matizadas, quizás maquilladas, pero en ocasiones tan claras y sencillas como una tautología matemática, existe una masa vastísima, por el momento indecisa, dando sus primeros pasos en la dura tarea de ver la realidad con ojos propios y no con los prismas confusos e interesados de los poderosos. Esta masa claramente deshabituada a la actividad política pero en el fondo republicanizada por la II Restauración, nos exige con su existencia un compromiso militante y combativo que todas las organizaciones republicanas debemos y tenemos que asumir, el compromiso evidente de oponernos a la dictadura y de trabajar conjuntamente por el cambio.

Se ha querido dar al país la impresión falaz de que esta supuesta restauración del derecho y de la corona había comenzado con sólo caer el general y dictador Francisco Franco. Que la restauración garantizaba no sólo la libertad y bienestar de la sociedad sino su independencia política. ¿Pero acaso los responsables de la dictadura han sido encausados? ¿Han sido sus víctimas  reparadas? ¿Siguen los recursos en manos de la misma oligarquía o forman ya parte del patrimonio de la sociedad en su conjunto?

Las mentiras que han cimentando su transición se caen ahora como un castillo de naipes al estar bajo la atenta mirada de los hombres y mujeres que se niegan a ser vasallos y luchan cada día por ejercer como ciudadanos. La monarquía y su bipartidismo corrupto y antidemocrático no pueden estar más cuestionados por la sociedad civil de lo que ya lo están en estos momentos por sus propios actos y corrupciones. Podría afirmarse sin miedo a equivocación que el parlamentarismo de la Corona no cumple ni una sola condición para que se le pueda llamar democracia.

Los engaños de la transición son mentiras que estamos obligados a desenmascarar, siendo la batalla dialéctica nuestro primer campo de batalla ideológico y un punto de inflexión en la estabilidad de la dictadura.

El proceso de descomposición del régimen señala que nos encontramos en un momento decisivo. Es el momento en el que, forzado por la voluntad combativa de los ciudadanos, se ha visto obligado a elegir entre someterse al pueblo o tiranizar. Eligió tiranizar, jugándose el todo por el todo y convirtiendo un estado “social” en un estado penal. El resultado de este cambio radical en la naturaleza del estado rompe con todos los pactos constitucionales de la transición y nos obliga a responder nuevamente con toda nuestra capacidad para impulsar desde todos los espacios que estén a nuestro alcance una verdadera revolución democrática que cierre de una vez los más de setenta años de dictadura.

Toda esa masa de errores, de mentiras, de trampas legales y corrupciones, constituye un explosivo formidable al que debemos prender fuego y dejar que su estado salte en mil pedazos. No es posible avanzar cargando con los resquicios del feudalismo y la oligarquía franquista. Si es necesario deberemos bombardear las cortes en nombre de la libertad, pues el parlamento está allí donde reside la voluntad y la soberanía del pueblo, y no en las estructuras represivas y explotadoras de un estado oligárquico y totalitario.

La política consiste en realizar. La política es el arte de crear, de construir. La política es, pues, la confianza en el esfuerzo, optimismo y visión de futuro. No hay política de desengañados ni de conservadores, es necesario arriesgar y apostar por la utopía como referente último y objetivo permanente de nuestra reforma o revolución.

Pero nuestro primer objetivo es asentar los cimientos de la República. La República no puede surgir como un mal menor, ni puede construirse sobre las estructuras corruptas y degeneradas del régimen que hoy nos oprime. La República debe librarse de toda relación con la II Restauración y, citando a Manuel Azaña, combatir con una mano mientras construye con la otra o dicho de otra manera, la República deberá limpiar el estado y la sociedad de los dogmas e imposiciones arcaicas y antidemocráticas que la infectan para ofrecer justicia, libertad y sobre todo fraternidad, no puede ser una monarquía sin rey, tendrá que ser una República plenamente republicana.

Por ello, convoco a todos los republicanos a que se unan para luchar nuestra principal batalla, construir y asentar una cultura republicana en la sociedad, pues una república sin republicanos no es ni deseable ni posible.
 

Salúd y República.









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