Perdim-me entre as brêtemas do coraçom e as árvores da razom...

Allí estaba ella.

Era una mañana gris y lluviosa de aquel octubre rojo de esperanza. La lluvia caída y caída arrastrando la suciedad de una ciudad contaminada junto con los panfletos arrugados que por falta de inteligencia o por exceso de ignorancia, no habían podido comunicar su mensaje.

Allí estaba ella... Pequeña y frágil como una muñeca de porcelana con ese blanco marfil en la piel y esos ojos grandes que se impregnaban de  la realidad llenándose de tristeza día a día. Haría poco que había dejado de ser una niña, si es que aún no lo era. Como a muchos la habían obligado a madurar. A pensar en futuro y abandonar  el presente como habría dicho cualquier padre. Pero eso no era fácil, no ahora, no en este momento. No podía ser fácil cuando no existe un futuro, cuando te lo han robado, cuando todas tus posibilidades, toda tu potencia como individuo, como persona, se encuentran embargadas por lo que han hecho otros.

El desaliento y ese sentimiento contradictorio y a la vez cotidiano y generalizado, la nostalgia de futuro, son como un cáncer que aprisiona a la sociedad. El inmovilismo amparado por el pesimismo estatalizado paraliza los cuerpos pero, sobre todo, paraliza las mentes de una sociedad alnalfabetizada durante casi cien años.
La lluvia no cesaba, constante, mojando si piedad pero de forma igualitaria a todos los transeúntes que como autómatas recorrían las calles cerradas por fin de negocio de una ciudad que se ahogaba poco a poco en la agonía de su propia extinción.

¡Consuman, por favor, consuman! Ese grito desesperado es casi un susurro amortiguado por la realidad. El sistema suplica hoy lo que imponía hace poco tiempo sin ser consciente de su propia  y autogenerada muerte, es un suicidio anunciado desde el primer día de su existencia. 

¿Qué posibilidad de consumo tiene una familia desahuciada con el padre y la madre en paro y los hijos sin posibilidad ni de estudiar ni de trabajar? ¿Acaso no le están pidiendo a un muerto que se lev ante y viva?
La realidad es oscura como las nubes que cubren el cielo reduciendo a cero las posibilidades de ver el sol… El aire es viejo, enrarecido como si se hubiera usado demasiado.  Pronto, en un día no muy lejano, ni siquiera se podrá respirar.

¡No hay nada que hacer, no se puede hacer nada! Nos repiten continuamente  desde el poder. Estamos solos rodeados de gente, aislados entre la multitud. Pequeños, frágiles, débiles, insignificantes en el mar de una sociedad enorme. Una sociedad global construida sobre unos pilares indudables que ahora se rompen si es que en algún momento fueron reales y no meras ilusiones de un engaño generalizado e interesado. ¡No hay nada que hacer! ¿Qué voy a hacer yo contra el mundo? Contra la economía, contra el estado, contra la sociedad, contra mí mismo, contra todo. ¿Qué puedo hacer yo? No dejan de repetirme que no se pueda hacer nada. Nada. Nada…

― ¡NO! ―La lluvia empapa su pelo castaño, largo y revuelto. El jersey de lana marrón que le queda grande  se pega a su cuerpo, delgado y de apariencia frágil. Parece una niña temblando ante un gigante. Pequeña. Helada por el frío y sola. Completamente sola.

La fuerza, en su expresión más actual y autoritaria, avanza intimidante hacia ella. En una mano un escudo que lo protege de las ideas, de los cambios. En la otra una porra cargada de odio y de ignorancia; especializada en abollar ideales. En la cabeza un casco para defenderse de las palabras y no escuchar todo lo que no sean órdenes. Bajo esa coraza impermeable, impenetrable que le separa de la realidad, un espíritu sin corazón, sin alma, sin la mínima razón, o por lo menos, sin la posibilidad de usarla de forma independiente más allá del cálculo matemático del ángulo y la fuerza que se necesitarán para asestar el próximo golpe.

Y ahí está ella... Tan frágil, tan pequeña. Su piel blanca y sus músculos temblando por un frío que te cala por dentro. Un frío húmedo que te paraliza. Que te okupa el alma.

¿De dónde habrá sacado el valor y la fuerza para gritar con la voz quebrada y temblorosa un “¡NO!” rebelde e insumiso? ¿Qué la impulsa a colocarse tan cerca del dolor? ¿Por qué deserta del conformismo generalizado, desertando de la sociedad en sí misma?

El gigante sube la visera de su casco, las gotas acumuladas no le dejan ver con claridad a su objetivo. Tan pequeño, tan insignificante e  inmóvil a sus pies.

Ella está ahí con los pies clavados en un charco, el agua resbalando por su ropa, por su pelo, por sus mejillas blancas. El agua atraviesa la delgada tela de sus zapatillas, empapa los calcetines y se cuela por lo pies subiendo por el pantalón vaquero desterrando el calor a su paso.

Él se ríe mientras dice algo que no se puede escuchar. Ella duda, un movimiento involuntario en respuesta al avance de la montaña. Una rodilla que se flexiona, una zapatilla que retrocede unos centímetros mientras el cuerpo se coloca en posición de ser golpeado, esperando el golpe, amoldándose ya a la caída. 

Cuando parece que todo está a punto de acabar, cuando nadie se espera otro acontecimiento que  no sea el crujido de la madera sobre el cuerpo desprotegido, el grito de dolor y la cara contra el asfalto mojado mientras el cuerpo magullado rebota contra el pavimento y desplaza el agua acumulada en los charcos haciendo justicia a Arquímedes…

 ― ¡NO! ― Un paso al frente, un paso seguro, firme, pero sobre todo valiente. Los pies en el suelo sobre el agua como el Coloso de Rodas y la mirada fija.

Ahora lo veo…. 

Ella, pequeña y frágil bajo la sombra de un gigante, asediada por el frío, por la lluvia, por el viento. Esa niña es mucho más de lo  que se puede ver a simple vista…

Su corazón ardiente como un horno, la razón como armadura, la palabra como arma, el compromiso absoluto del idealista, la convicción del esclavo que daría todo lo que tiene y pueda tener en su vida por tan solo dos segundos de Libertad, del revolucionario romántico que sacrificaría su existencia por la sola idea de dar un paso, solamente un paso más hacia ese ideal. La fuerza del que no tiene nada que perder y lo tiene todo por conquistar no para él sino para todos los demás.

¡Ahora la veo! Grande, diría enorme. Fuerte y segura. La razón frente a una montaña que mengua con cada segundo de valor con cada segundo que la razón prevalece.

Ella. Firme. Segura. Dispuesta a asumir su parte en este guerra. Él. Reduciéndose poco a poco. Confuso. Extrañado.

Un escalofrío le recorre la espalda. No entiende porqué esa cosita se le opone. Puede destrozarla sin esfuerzo. Un golpe seco y nada más. Aplastarla contra el suelo. Hacerle daño sin oposición, sin defensa. Ella no es nada y él lo es todo. Pero… Pero sigue ahí… ante él. Firme. Segura. Su rostro sereno. Su mirada clavada como un cuchillo. No puede entenderlo... y poco a poco el miedo aparece como una ráfaga de viento que revuelve  y enmaraña el pelo que se pega a la cara por el agua.

Él cierra los ojos. Se limpia la cara con el brazo. Ella. Inmóvil sigue mirándole como si la lluvia y el frío no le hicieran mella. Toda su armadura, todo su equipo, su escudo, su traje impermeable e ignífugo, sus guantes, su botas de cuero, no sirven de nada. Siente frío mientras ella continúa mirándole  con esa cara dulce y desafiante como si su mirada pudiera detenerle. ¡Qué tontería!

¿Cómo va a detenerle una mirada? Con levantar y bajar el brazo derecho con fuerza se acabaría todo. Su mirada se daría con los huesos rotos en el suelo… Un golpe y se acabó todo, fin de la historia.
¡Ahora lo tengo claro! Ella es la esperanza. Los sueños por construir, el futuro. Ella es la primera piedra de la barricadade ese mundo que está por construir.

Mi corazón se enciende. Todo lo que había leído durante años se reordena en mi mente acomodada.  Toda la crueldad del día a día deja de ser una excusa para convertirse en un motivo. Estoy harto. Enfadado. La indignación acumulada explota. No puedo más. No, no puedo más.

― ¡No!  ― Me levanto dando un golpe en la mesa derramando el café sobre el periódico ante la incrédula mirada del resto de clientes de aquel viejo bar.

Salgo a la calle corriendo, sin chaqueta, dejando la mochila en la silla. Decidido. 

El agua fría produce un “shock” al caer sobre mi piel. El pelo se moja y revuelve con el viento. Mi camiseta se empapa en pocos segundos. Las gafas recogen cientos de gotas dificultándome la visión. El viento me azota a cada paso colándose por mi espalda, cobarde, traidor.

Avanzo rápido por la calle, salpicando en los charcos a mi paso. Allí están ella y el gigante en un duelo de miradas. La porra se eleva en el aire dispuesta a destrozar la razón pero lo hace despacio. Dubitativa. ¿Qué puedo hacer yo contra esa montaña?

― ¡No! ― Grito desesperado mientras me coloco a su lado. Ella me mira con alivio. Sus ojos marrones me arrancan una sonrisa, una sonrisa compartida. Vuelvo la cabeza hacia la montaña y clavo mis ojos en los suyos.

Duda.

― ¡No! ―Grita una señora mientras coge de la mano a la niña y la tapa con su paraguas. La mira con esa compasión que sólo las abuelas pueden desplegar.

― ¡No! ―Grita un repartidor de bebidas que ha dejado el camión a medio descargar.

Un paso atrás.

― ¡No! ― Grita un anciano mientras es acerca despacio, de forma pesada ayudado de un bastón.
Las dudas aumentan.

― ¡No! Grita un obrero con un mono azul manchado de barro mientras deja en el suelo sus herramientas.
Otro paso atrás.

― ¡No! ― Grita un estudiante cargado con el peso físico del conocimiento que sí ocupa lugar sobre sus hombros.

Las dudas se convierten en miedo. Un miedo aterrador.

― ¡No! ― Grita una sociedad que quiere ser Libre mientras el gigante, ahora pequeño, reducido, insignificante, tiembla de miedo sin entender que todo ha cambiado que nada volverá a ser igual.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Encántame. Quérote ;)

Antonio dijo...

Muy bueno.